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360 Opinión > martes, 09 de octubre de 2012
El humo: a quienes protestan en Altamira; por Willy Mckey
 
 
 
Cuando pienso que la única utilidad estratégica de poner a arder un neumático es que una pared de humo espeso y tóxico impida que el otro te vea, la alegoría me resulta aterradora. No sé si es Jorge Luis Borges (a Borges le adjudican muchas frases que no dijo) quien aconseja que uno debe ser cuidadoso al escoger sus enemigos porque termina pareciéndose a ellos. Y no lo cito por la mimetización posible, sino por cuánto es capaz de mutar la palabra enemigo: quienes construyen paredes de humo venenoso para impedir ver hacia el otro lado del país me resultan hoy mucho más “enemistables” que quien piensa distinto a mí, que quien elige opciones que no son las mías, que quien el lunes 8 de octubre lleno las calles de mi ciudad con la misma pausa que yo. Desconocer al otro también es borronearse a sí mismo, anularse, perder. Desconocer al otro es caer en la misma trampa de la cual más de seis millones y medio de venezolanos decidimos empezar a salir. Desconocer al otro es buscar a quien echarle la culpa. Es humo. Me siento parte de un grupo de venezolanos que hemos crecido mucho. Frente a un ventajismo monstruoso, hemos aprendido que ponerse de acuerdo no es obedecer y que la coherencia es más poderosa que la disciplina. Sean quienes sean los provocadores del humo, sepan que no están defendiendo nada sino convirtiéndose en la profecía cumplida de los charlatanes de oficio. Cuando el humo consigue cómplices, la razón también queda oculta detrás de la nube negra. La historia contemporánea está llena de referentes positivos y hasta épicos que antes pasaron por delante del abuso, de la desmesura, del absurdo gigantismo. Jamás triunfaron las estrategias previsibles ni inmediatas. ¿A quién ayuda el humo que canta fraude? ¿Con quién colabora? ¿Hacia dónde grita y de quién sospecha? La perseverancia y el poder implícito que reside en querer y merecer algo mejor no pueden ser opacados por la alucinación de revivir símbolos que han sido superados, precisamente, sacando las narices del humo y abandonando al que insiste en la conjura del veneno. Y no se trata de entreguismos y mucho menos de colaborar con el levantamiento de mamparas de humo. Se trata de preferir las piedras que se argamasan para construir antes que las pretenciosas que, puestas en la mano de un envenenado, se creen proyectiles. Nadie que hasta hace unas horas estaba a favor del camino como una imagen poderosa que traducía la urgencia del encuentro puede estar hoy cercándose de humo, trancando accesos, cerrando vías. Quienes lo hacen cometen el mismo error de quien celebra su victoria lanzando calibres de muerte al aire. Es el mismo humo. Es la misma torpeza. Es el mismo extravío. Y si algo es capaz de calmar la histeria de quienes se extravían es saber que existe la posibilidad de conseguir un camino. Y gracias a eso en los extremos habrá cada vez menos voces y apenas humo