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360 Opinión > domingo, 19 de agosto de 2012
Ecuador se fue a la guerra, un artículo de Boris Muñoz en Revista Gatopardo
 
 
 
En el principio fue el verbo, y en el principio de esta historia hay dos hombres de verbo ágil y pugnaz. Ambos son oriundos de Guayaquil, Ecuador, y muestran orgullo de su gentilicio. Su contienda empezó hace tiempo por un pequeño altercado en 2005 y continuó en una lucha cada vez más amarga durante estos años hasta el pasado lunes 27 de febrero, cuando el más poderoso de estos dos hombres, llamado Rafael Correa, presidente de Ecuador, convocó a su gabinete de ministros y al cuerpo diplomático en pleno al Salón Amarillo del Palacio Carondelet para hacerles un importante anuncio que involucraba al otro hombre: Emilio Palacio, columnista político y jefe de la sección de Opinión del diario El Universo.

El anuncio del presidente se producía pocos días después de que la Corte Nacional de Justicia, de Ecuador, ratificara una sentencia condenatoria anterior que imponía a El Universo una multa de cuarenta millones de dólares y condenaba a tres años de cárcel a Carlos, Nicolás y César Pérez, directivos y dueños de El Universo. El máximo tribunal también condenó a Palacio a la misma pena. Pocos días antes, Juan Carlos Calderón y Christian Zurita, autores del libro El gran hermano, a quienes Correa también había demandado por diez millones de dólares, habían sido sentenciados a pagar un millón de dólares y cien mil más de gastos legales, pero sin pena de cárcel.

Pese a que Correa había demandado a título personal, desde el principio le dio a la querella el tono de una crucial cuestión de Estado, exigiendo que la majestad presidencial fuera restaurada. De manera que todo el proceso se presentó ante la justicia como el asunto personal de un ciudadano que, por cosas de la vida, es el presidente de la República.

El jefe de Estado se abrió paso entre una cortina de aplausos escoltado por dos ujieres. En la víspera circuló en Quito toda clase de rumores. Que la presión internacional lo había hecho retroceder. Que su popularidad caía en picada. Que, en realidad, él en secreto siempre supo que los perdonaría. Sin embargo, lo único cierto era que Correa estaba decidido a que su perdón no fuera confundido con un acto de contrición.

Frente al público, preguntó retóricamente: "¿Tiene el derecho a la comunicación una supremacía sobre los otros derechos?, ¿o refleja la supremacía del capital en los medios de comunicación?".

Para que no quedara duda, aseguró que el juicio había cumplido los tres objetivos que se proponía: 1) Demostrar que El Universo mintió y no corrigió su mentira. 2) Evidenciar que el presidente no sólo era víctima de los malquerientes, sino del diario por el cual se instrumentó un linchamiento mediático. 3) Lograr que los ciudadanos de Ecuador superaran el miedo a una prensa "corrupta y abusiva".

Apenas en el minuto veintiséis de los treinta y uno que duró su discurso, el primer mandatario retornó al punto principal: "Así como tomé la decisión de iniciar este juicio, he decidido ratificar algo que hace tiempo estaba decidido en mi corazón y que decidí también con familiares, amigos y compañeros cercanos: perdonar a los acusados concediéndoles la remisión de las condenas que merecidamente recibieron, incluyendo a la compañía El Universo. También he decidido que desistiré de la demanda que propuse en contra de los autores del libro El gran hermano, donde de la forma más infame se afirmó que conocía de los ilegales contratos de Fabricio Correa".

Cuando terminó había en el aire una clara admonición: "Perdono, pero no olvido". Correa habría querido tener la última palabra en la disputa, pero ése no fue el fin de la historia, sino el principio de otra.

Una semana después del "perdón sin olvido" llegué a Miami para entrevistar a dos de los protagonistas: Emilio Palacio y César Pérez, uno de los dueños del diario El Universo. Ambos hombres habían salido de Ecuador por temor a verse privados de su libertad por decisiones sesgadas a favor del presidente.

Pasadas las cinco y media de la tarde, Emilio Palacio y yo nos encontramos en un mall. Buscamos acomodarnos en un café Starbucks, pero terminamos sentados en un banco de parque rodeados de plantas artificiales, entre viejos en bermudas y mujeres con aires de modelo que empujaban cochecitos de bebé, de cuyas manillas colgaban las inmensas bolsas de las compras.

Palacio es un sesentón de estatura baja, de cabello canoso, que habla arrastrando levemente las erres. Sus primeras palabras fueron una advertencia: su desencuentro con Correa era de vieja data. Empezó cuando el entonces futuro presidente asumió el cargo como ministro de Finanzas del presidente Alfredo Palacio —de quien, por añadidura, Emilio Palacio es medio hermano—. Aquel día, Correa criticó la dolarización de la economía ecuatoriana vigente desde fines de los noventa. Palacio había oído bien al ministro y coincidía con él. Sin embargo, escribió en su editorial que los ministros de Finanzas debían "ser mudos", para no desatar el nerviosismo de la población. El provocador título que le puso al artículo se explica por sí solo: "Bocazas".

"Hasta ahora, Correa no me perdona ese artículo. Cada cierto tiempo lo vuelve a recordar: 'Vieran a este señor majadero lo que me dijo'. He reconocido el error de ese título y le he pedido disculpas públicamente al presidente. Aparte de esa broma, el artículo es muy serio. Ahora, yo digo que le pido disculpas porque él interpretó el título como una ofensa, no porque sea una ofensa realmente".

—"Bocazas" es un término grueso para alguien que se está iniciando en un cargo, ¿no es así?
—Por eso pedí disculpas. Pero era una broma. No era mi intención ofenderlo. Cuando lo recuerda se nota que está dolido...


En mayo de 2007, poco después de llegar a la Presidencia, Correa lo hizo invitar a un debate sobre libertad de expresión en Carondelet. También estaba el periodista Carlos Jijón, de Ecuavisa. Correa y Jijón discutían sobre otro titular de tintas cargadas, "Correa asaltó la Junta Bancaria", del diario La Hora.

El titular aludía a una reunión en la que el mandatario había defenestrado a la junta de la Superintendencia de Bancos y Seguros para sustituirla por otra de su elección. Sentado frente a Jijón, el presidente adujo que lo habían acusado de ladrón, a lo que el periodista le respondió que estaba confundido porque "asaltar" también significaba tomar por asalto, en el sentido militar del término. Entonces Correa improvisó una disertación filológica en torno a la palabra "verga". "¿Saben cómo se llaman los palos transversales en los mástiles de los veleros?, ¿saben cómo se llaman?", preguntó al público. Alguien gritó: "Verga". Correa atajó la palabra para decirle a Jijón: "Entonces, Jijón, la vez que yo te diga ándate a la casa de la v..., no te he insultado... Por favor, ¡no seamos ingenuos!".