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360 Opinión > sábado, 24 de marzo de 2012
Elogio al saltimbanquismo
 
 
 
El caso de Alcibíades (450?-404) es paradigmático; durante la Guerra del Peloponeso quien hubo sido en sus días efébicos amante de Sócrates, cambió de lealtad en varias ocasiones; siendo estratega ateniense de un sólo carajazo saltó al bando espartano y dirigió campañas contra su patria; de Esparta fue a dar con los persas y actuó como consejero del sátrapa Tisafernes en oposición a los griegos; cuando vio la oportunidad, regresó a Atenas con su cara bien lavada.

Alcibíades hizo del salto de talanquera, más que una táctica de aplicación ocasional, toda una refinada estrategia política y militar; en el último aspecto, gracias a su habilidad para hacer que otros también brincaran mediante la administración del soborno y la corrupción, logró victorias sin derramar una gota de sangre; y con ello demostró una de las mayores virtudes del salto de talanquera: la de conducir a cambios históricos evitando destrucciones y muertes. General que salta la talanquera en lugar de pelear es un Héroe del Brinco Incruento. Imaginemos las desgracias de Venezuela de no haber saltado oportunamente los jefes militares del gobierno de Andrade al bando de Castro en su nada épica Gran Marcha hacia Caracas.

¿Acaso por semejantes acrobacias Alcibíades ha sido deshonrado en la Historia? ¡Para nada!; se le recuerda como brillante comandante y político, porque el salto de talanquera solo es reprobable de resbalarse el saltimbanqui, vale decir, si fracasa; de tener éxito, deja de ser grotesco y canallesco brinco y se convierte en inteligente maniobra.

Plutarco dice en Vidas Paralelas que Sócrates fue el único de sus amantes respetado por Alcibíades; “a los demás los despreciaba”. El filósofo se distanció de él por desaprobar su saltimbanquismo, causándole gran desasosiego; no obstante, estando Sócrates divinamente ebrio en un ágape al que se presentó el mozo, recordó momentos felices de su relación, y al aproximarse este a saludarlo Sócrates le tocó el culo con la mayor ternura, y Alcibíades, ¡ay!, se desmayó de la emoción. Ese emotivo encuentro determinó el nuevo brinco de Alcibíades a la tolda ateniense.

La anécdota puede tomarse como evidencia del tenor moral de los cabrioleros de talanquera; no son bribones oportunistas, sino delicados espíritus que sufren al debatirse en contradicciones; frecuentemente es suficiente un gesto amable del líder del partido abandonado para que un saltador vuelva a maromear la cerca y sumisamente retorne al redil; sobran ejemplos en la Historia reciente de nuestro país.

Lo que el griego hizo en forma intuitiva y empírica, fue elevado a la categoría de teoría científica por Maquiavelo (1469-1527); nadie como él ha exaltado el volatinerismo; de hecho, lo valora como una condición de la esencia del Príncipe eficiente, quien debe ser astuto y sin escrúpulos éticos, pragmático, realista, oportunista y capaz de “moverse según soplen los vientos”; o sea, dispuesto a saltar talanqueras a diestra y siniestra.

Celebremos al saltador de talanquera; errar es humano y saltar la talanquera es una manera de rectificar nuestros errores. No puede considerarse pillo aquel que quiera deslastrarse de la maldad y volverse virtuoso. Moralmente, es encomiable el salto de talanquera, y desde la perspectiva psicológica da a entender inteligencia, en tanto que el mantenerse tenazmente fijado a una idea en pleno desplome demuestra brutalidad, debilidad de carácter o ingenuidad; o la viveza picaresca de uno sin otro principio que el rebañeo de la olla. Saltar la talanquera es la lucidez de aquel que advierte la podredumbre en su campo y brinca con el plausible propósito de seguir mamando sabroso del otro lado. Al fin y al cabo, buscar el placer y evitar el displacer es una ley de la supervivencia; el saltador cumple con ella, objetarlo es oponerse a la propia naturaleza.

Hacer víctima al brincador de burlas, escarnios e intimidaciones es equivocación grave, tanto de los que están de este lado de la talanquera como de aquellos en el opuesto. Los camaradas abandonados yerran al calificar con ácidos epítetos al brincador; respecto a él, lo mejor es manifestar la disposición compasiva del padre del Hijo Pródigo; véase cómo un sencillo gesto amable del antiguo amante conmovió al descarriado; Sócrates, en lugar de amenazar al brincador de la talanquera con hacerlo polvo, lo invitó sutilmente a echar uno.

En lo concerniente a quienes están de este lado de la cerca, la condena del volatinero quizá desanime a otros tentados a imitarlo; de aquí que, en lugar de vilipendiado, todo saltador de talanquera debe ser festejado, aceptado con los brazos abiertos, señalado como ejemplo para sus antiguos compañeros y reconocido como uno que vio la luz, sin importar que dicha iluminación le haya llegado cuando ya el patio que abandona esté convertido en un estercolero y en el mismo no quede casi nada a lo que sacarle el jugo.

Apliquemos al brincador de talanquera el Principio de Clemenceau: “Un traidor es un hombre que dejó su partido para inscribirse en otro. Un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro”.