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360 Habitantes > lunes, 01 de abril de 2019
El reino del lenguaje Un adelanto del libro de Tom Wolfe, publicado por editorial Anagrama
 
 
 
Por un lado Charles Darwin y por el otro Noam Chomsky en su faceta de lingüista, a cada uno de los cuales contrapone con su respectivo antagonista, despreciado o cuestionado por el mundo académico: el naturalista Alfred Russel Wallace, sobre cuyo destino Darwin siempre tuvo remordimientos y mala conciencia, y el antropólogo Daniel Everett, que ha pasado años conviviendo con la tribu amazónica de los pirahã y cuya teoría sobre el origen y evolución del lenguaje humano cuestiona la de Chomsky. En este libro agudo y retador, Wolfe se enfrenta a la ortodoxia y plantea estimulantes preguntas: ¿viene el lenguaje humano del canto de los pájaros? ¿Es un don innato o una herramienta adquirida? ¿Es el lenguaje lo que explica la evolución humana?
 
1. LA BESTIA PARLANTE
Una noche luminosa de 2016, refulgente el rostro con Dios sabe cuántos miliGAUSS de rayos X procedentes de la pantalla del ordenador que tenía delante, andaba yo navegando por internet cuando caí con el ratón sobre una página web que decía lo siguiente:
 
*EL MISTERIO DE LA EVOLUCIÓN DEL LENGUAJE*
 
Por lo visto, ocho destacados evolucionistas –lingüistas, biólogos, antropólogos e ingenieros informáticos– habían publicado un artículo para anunciar que se retiraban, desistían, claudicaban, tiraban la toalla en lo referente al origen y funcionamiento del lenguaje.
 
«Las preguntas fundamentales sobre el origen y la evolución de nuestra capacidad lingüística siguen envueltas en el misterio de siempre», concluían. Y no solo eso, parecían dispuestos a abandonar toda esperanza de encontrar alguna vez la respuesta. Bueno, seguiremos intentándolo, declaraban gallardamente…, pero tendremos que empezar otra vez de cero. Uno de los ocho era la figura más famosa de la historia de la lingüística, Noam Chomsky. «En los últimos cuarenta años», decía junto a los otros siete, «se ha producido una verdadera avalancha de investigaciones sobre este problema», y solo había conducido a una colosal pérdida de tiempo por parte de las figuras más brillantes del mundo académico.
 
Vaya, eso sí que era raro… Nunca había oído que un grupo de expertos se reuniera para anunciar que había fracasado miserablemente…
 
Muy raro, en realidad…, así que me puse a hacer surf y safaris por la red y finalmente hice clic sobre el único intelectual que pude encontrar que no estaba de acuerdo con los ocho fracasados, un químico de la Universidad de Rice…, Rice…, Rice tenía un buen equipo de fútbol americano…, los Rice Owls…, me pregunté cómo andarían ahora. Moví un poco más el ratón en torno al sitio de Rice, y vaya vaya…, no muy bien la temporada pasada, los Owls…, fútbol americano…, pasé a fútbol americano y traumatismo craneal… ¡y justo lo que había pensado! ¡Hay una verdadera epidemia de traumatismos haciendo estragos! ¡Se sacuden de lo lindo hasta hacerse coágulos de sangre y contraer alzhéimer antes de tiempo!… traumatismos…, navegando…, navegando…, navegando, ¡pero fíjate en esto! El fútbol americano no es nada comparado con el hockey sobre hielo… y sin tener al menos dos traumatismos cerebrales ni siquiera se está preparado para la Liga Nacional de Hockey… y durante todo ese tiempo tenía una idea tan alojada en mis pirámides de Betz que ni siquiera un encontronazo con un atacante de algún equipo de la NHL podría habérmela quitado de la cabeza: son incapaces de entender lo que es el lenguaje. Hace ciento cincuenta años que se enunció la Teoría de la Evolución y aún no han aprendido… nada… En ese mismo siglo y medio, Einstein descubrió la velocidad de la luz y la relatividad de la velocidad, el tiempo y la distancia… Pasteur reveló que los microorganismos, y en particular las bacterias, causan una tremenda cantidad de enfermedades, desde el catarro al ántrax y la neumonía terminal con intubación y colapso pulmonar… Watson y Crick hallaron la estructura del ADN, los llamados elementos constitutivos de los genes…, y ni lingüistas, ni biólogos, ni antropólogos, ni gente de otras disciplinas han descubierto en ciento cincuenta años… nada… acerca del lenguaje.
 
¿Cuál es el problema? El lenguaje no es uno de los diversos atributos singulares del hombre: ¡el lenguaje es el atributo de todos los atributos! ¡El lenguaje constituye el noventa y cinco por ciento de lo que eleva al hombre por encima del animal! Desde el punto de vista físico, el hombre es un caso lamentable. Los dientes, incluidos los colmillos, que él llama caninos, son de tamaño infantil y apenas pueden perforar la piel de una manzana verde. Con las zarpas lo único que puede hacer es rascarse donde le pica. Su cuerpo de fibrosos ligamentos lo convierte en un enclenque en comparación con los animales de su tamaño. ¿Animales de su tamaño? Luchando a zarpazos o mordiscos, cualquier animal de su tamaño se lo merendaría. Sin embargo, el hombre domina a todos los integrantes del reino animal gracias a su súperpoder: el lenguaje.
 
¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que ha dejado a interminables generaciones de intelectuales, a genios reconocidos, enteramente perplejos en lo que se refiere al lenguaje? Durante la mitad de ese tiempo, como veremos, han declarado de manera formal y oficial que la cuestión es irresoluble, abandonando el empeño. ¿Qué es lo que aún no entienden después de una verdadera eternidad?
 
Nuestra historia comienza en la dolorida cabeza de Alfred Wallace, un naturalista británico autodidacta de treinta y cinco años, alto, desgarbado, de larga barba y formación apenas equivalente a la enseñanza primaria, que se fue –solo– a estudiar la flora y la fauna de una isla volcánica del archipiélago malayo cerca del ecuador…, donde contrajo la temida fiebre de los pantanos, más conocida como malaria. De modo que ahí lo tenemos, en un habitáculo que apenas es una cabaña con techumbre de paja, tendido, postrado, inerte, desamparado…, cuando otro acceso de paroxismos lo asalta con toda su fuerza…, las costillas sacudidas por los espasmos, escalofríos…, la fiebre lancinante que le retumba en la cabeza…, todo ello acompañado de un sudor tan profuso que la cama se convierte en una ciénaga tropical. Como estamos en 1858, en un remoto lugar del planeta, deprimente y escasamente poblado, muy al sur de los encopetados petimetres con sombrero de copa londinenses, no tiene nada para matar el tiempo aparte de un ejemplar de Tristram Shandy, que ya ha leído cinco veces, y sus propios pensamientos…
Un día, mientras sigue tendido en la cama, apestosa como un lodazal…, pensando… en esto y lo otro…, un libro que ha leído hace más de doce años le rebosa de pronto por el bulbo raquídeo: Primer ensayo sobre la población, de un clérigo de la Iglesia anglicana, Thomas Malthus.*
Dicho clérigo tenía una deformación en el paladar que le producía un defecto en el habla, pero escribía como los ángeles. El libro se había publicado en 1798 y seguía bien vivo sesenta años y seis ediciones después. De no impedirlo algún obstáculo, decía Malthus, la población humana crecería en proporción geométrica, duplicándose cada veinticinco años. Pero los recursos alimenticios solo aumentarían en proporción aritmética, paso a paso.
 
En el siglo XXI, el planeta entero estaría cubierto por un gran hormiguero de gente muy hambrienta, apretujada de las canillas a los flancos y del culo a la barriga. Pero, tal como predijo Malthus, algún obstáculo lo ha impedido: a saber, la Muerte, la Muerte a destajo, no debida a causas naturales…, empezando por el hambre, grandes hambrunas…, enfermedades, epidemias…, violencia, caos, matanzas organizadas, guerras, suicidios y sangrientos genocidios…, el ruido de los cascos de los Cuatro Jinetes que avanzan a medio galope sacrificando de forma selectiva a las manadas humanas hasta que solo unos pocos, los más sanos y fuertes, obtienen los alimentos suficientes para sobrevivir. Eso es precisamente lo que ha pasado con los animales, decía Malthus.
 
¡Hurra! Eso ilumina la sesera de Wallace como un fogonazo –¡Eso!–, la solución de lo que los naturalistas consideran «el misterio de los misterios»: cómo funciona la evolución. ¡Pues claro! ¡Ahora lo entiende! Las poblaciones animales experimentan la misma clase de extinción que el hombre. Todos ellos, de los simios a los insectos, luchan por sobrevivir, y solo los más «aptos» –término de Wallace– sobreviven. Ahora ve una progresión inevitable. A medida que transcurren generaciones, eras, eones, una especie ha de adaptarse a tantas condiciones cambiantes, a tantos obstáculos y amenazas, que acaba convirtiéndose en otra cosa enteramente distinta –¡una variedad nueva, una especie nueva!– para seguir viviendo.
 
Durante al menos sesenta y cuatro años, naturalistas británicos y franceses, empezando por el escocés James Hutton y el inglés Erasmus Darwin en 1794 y el francés Jean-Baptiste Lamarck en 1800, habían estado convencidos de que el conjunto de variedades de especies de plantas y animales de nuestros días descendía de otras anteriores. En 1844, esa idea iluminó el cielo en forma de un libro muy vendido y de fácil lectura titulado Vestiges of the Natural History of Creation, una cosmología completa de la creación de la Tierra, el sistema solar y la vida del reino vegetal y animal desde las formas más simples hasta la transmutación de los primates en el hombre. Tenía embelesados a montones de lectores de las altas y bajas esferas: Lord Alfred Tennyson, Gladstone, Disraeli, Schopenhauer, Abraham Lincoln, John Stuart Mill, la reina Victoria y el príncipe Alberto (que se lo leían mutuamente en voz alta)…, así como al público en general. No llevaba nombre de autor en la portada ni en ninguna de sus cuatrocientas páginas. Al parecer, el autor o la autora –había quienes daban por sentado que tal insidia tenía que ser obra de una mujer; la hija de Lord Byron, Ada Lovelace, que se pasaba de lista, era una de las sospechosas– sabía a lo que se exponía. El libro de Anónimo, ya fuera señor, señora o señorita, recibió la inmediata condena tanto de la Iglesia como de sus fieles y teólogos. Uno de los pilares de la Fe lo constituía la doctrina de que el Hombre descendía del Cielo, sin duda no de los monos que vivían en los árboles. Entre los teólogos, el ataque más feroz fue el del reverendo Adam Sedgwick en la Edinburgh Review. Sedgwick era un clérigo anglicano y destacado geólogo de Cambridge. De haber sido llamas, las palabras de Sedgwick habrían quemado en la hoguera al hereje anónimo. La desdichada criatura despedía un hedor de «inmundicia y malformación interior». Tenía la mente irremisiblemente retorcida con «burdas e indecentes opiniones sobre fisiología», si es que tenía mente en realidad. El nauseabundo desgraciado pensaba que «la religión es un embuste», «las leyes humanas un conjunto de insensateces y una vil injusticia», y «la moral, pamplinas». En resumen, el repugnante apóstata creía que «el hombre y la mujer podían ser mucho mejores con la aportación de un babuino» que por obra y gracia de Nuestro Señor.
Ese libro atrajo luego las iras de alto cociente intelectual de los grandes naturalistas de la época. Lo consideraron periodístico y poco serio; o, lo que es lo mismo, obra de un desconocido que representaba una amenaza para su prestigio. Cuando en 1853 salió la décima edición, el niño prodigio de las figuras científicas «serias», Thomas Henry Huxley, de veintiocho años por entonces, escribió lo que más adelante se calificó como «una de las críticas más venenosas de todos los tiempos». Calificó Vestiges de «obra de ficción en otro tiempo atractiva y aún bien conocida». En cuanto a su anónimo autor, era uno de esos individuos ignorantes y superficiales que «disfruta de oídas con la ciencia prescindiendo por entero de la lógica». Todas las figuras consagradas se alegraban de señalar que el anónimo sabelotodo era incapaz de explicar cómo, y a través de qué procesos físicos, se habría producido toda esa transmutación, la presunta evolución. Nadie lo había averiguado…, ¡hasta ahora, hasta hace unos momentos, en mi cerebro! ¡El mío! ¡El de Alfred Russel Wallace!
 
Aún sigue en la cama empapada y maloliente, tratando de soportar los interminables paroxismos de la malaria, cuando otra clase de fiebre, una fiebre estimulante, se apodera de él…, un ardiente deseo de registrar tal revelación y mostrarla al mundo… ¡ahora! A lo largo de dos días y dos noches…, en cada momento medianamente tranquilo entre escalofríos, espasmos que le estremecen las costillas, fiebres y sudores…, escribe y escribe, elabora un manuscrito de veintitantas páginas titulado «Sobre la tendencia de las variedades a apartarse indefinidamente del tipo original». ¡Lo ha conseguido! La suya será la primera descripción jamás publicada de la evolución de las especies por medio de la selección natural.
 
La remitió a Inglaterra en el siguiente buque… pero no a una de aquellas publicaciones eruditas tan en boga en la época, como Annals and Magazine of Natural History y The Literary Gazette; como Journal of Arts, Belles Lettres, Sciences, etc., donde ya había publicado cuarenta y tres artículos durante sus ocho años de trabajo de campo en la Amazonia y allí, en el archipiélago malayo. No, para ese –para Eso– iba a subir al Gran Escenario. Quería que fuese a parar directamente al decano de los naturalistas británicos, a Sir Charles Lyell, el gran geólogo. Si Lyell consideraba bien fundada la asombrosa teoría, él estaría en condiciones de presentarla al mundo de una forma grandiosa.
 
El problema era que Wallace no conocía a Lyell. Y en aquella pequeña y primitiva isla ¿cómo iba a averiguar su dirección? Pero había mantenido correspondencia varias veces con otro caballero que era amigo de Lyell, es decir, el nieto de Erasmus Darwin, Charles. Daba la casualidad de que en una carta fechada en 1856, dos años antes, Charles mencionaba que Lyell había elogiado uno de los últimos artículos de Wallace (probablemente «Sobre la ley que ha regulado la introducción de nuevas especies», también conocido como el artículo de la «Ley de Sarawak», 1855). A primeros de marzo de 1858, el manuscrito y una carta de Wallace navegaban por el mar, a más de once mil kilómetros de Inglaterra, con rumbo a su destinatario, el distinguido señor don Charles Darwin. La carta era sumamente cortés. Casi servil. Wallace rogaba a Darwin que, por favor, leyera su artículo y, si lo consideraba digno de mención, se lo pasara a Lyell.
 
Así fue como Wallace puso su descubrimiento de todos los descubrimientos –el origen de las especies mediante la selección natural– en manos de un grupo de ilustres Caballeros Británicos. El año de 1858 marcaba el punto álgido del imperio victoriano y su dominio sobre pinos y palmeras. Gran Bretaña era la primera potencia militar y económica del planeta. La imponente Royal Navy había ocupado y luego asegurado colonias en todos los continentes salvo en el gélido Polo Sur, no apto para seres humanos. Gran Bretaña había dado origen a la Revolución Industrial y casi un siglo después, en 1858, seguía encabezándola ahora. Controlaba el veinte por ciento de todo el comercio internacional y el cuarenta por ciento de todo el comercio industrial. Iba al frente del progreso científico mundial, desde las innovaciones mecánicas a los avances en medicina, matemáticas y ciencias teóricas.
Para poner rostro a todo eso, tenía a su disposición al aristócrata más refinado de Occidente…, el Gentleman Británico. Podía tener o no un título de nobleza. Podía ser Sir Charles Lyell o Mr. Charles Darwin. Daba igual. Otros aristócratas europeos, incluso algunos franceses, se tapaban la cara con el antebrazo para protegerse la vista en presencia del Gentleman, o Caballero Británico. El brillo y refinamiento de los habituales modales recargados, la ropa, el porte, el retorcido acento, el ingenio y su arma lancinante, la ironía, eran lo menos importante. Lo que contaba era la fortuna, preferiblemente heredada.
 
El Caballero Británico, más conocido en anteriores épocas como miembro de la aristocracia terrateniente, solía vivir de una rica herencia en una finca rústica de unas cuatrocientas hectáreas o más, que alquilaba a las clases bajas como tierras de labranza. Iba a Oxford (Lyell) o Cambridge (Darwin) y podía convertirse en oficial del ejército, clérigo, abogado, doctor, primer ministro, poeta, pintor o naturalista; pero no tenía que hacer nada. No era necesario que trabajase un solo día de su vida. El ascenso de Sir Charles Lyell a la categoría de Caballero Británico había empezado el día en que su abuelo, también llamado Charles Lyell, convirtió su carrera naval en dinero suficiente para comprar una propiedad de infinidad de hectáreas con una grandiosa casa solariega en Escocia y retirarse allí para darse la gran vida, porque como terrateniente ya no estaba limitado socialmente por la obligación de trabajar. Su antigua carrera naval, que en su época había sido una necesidad, arrojaba cierta sombra sobre él, pero su hijo (otro) Charles nació libre de tal maldición, y a su debido tiempo su nieto se convirtió en Sir Charles Lyell (el tercer Charles consecutivo), gracias a sus logros en el ámbito de la geología.
 
El linaje de los Darwin era mucho más antiguo, se remontaba a unos doscientos años atrás, a mediados del siglo XVII, a Oliver Cromwell y su serjeant-at-law –abogado de más alto rango en la Corte inglesa–, Erasmus Earle. Erasmus se valió de su posición para hacerse una pequeña fortuna y convertirse en dueño de grandes extensiones agrícolas, y en las ocho siguientes generaciones de Earle-Darwin ningún caballero tuvo que trabajar.
 
El padre de Charles Darwin, Robert Darwin, era médico, como su padre, Erasmus Darwin. Su verdadera pasión, sin embargo, era invertir, prestar dinero, hacer corretaje, apostar o realizar operaciones en los mercados monetarios de la Revolución Industrial. Ganó una verdadera fortuna… que luego multiplicó al casarse con una hija de Josiah Wedgwood, uno de los primeros gigantes industriales. Wedgwood era ceramista, un artesano que había creado fábricas de objetos de la porcelana más fina con la que cualquiera de su oficio pudiera haber soñado jamás. El ambiente de Robert Darwin era Londres y su distrito financiero, la City.
 
Pero, como la mayoría de los protagonistas de la Revolución Industrial británica, prefirió vivir en el campo, en una propiedad amplia y en buena medida irrelevante –la suya, en Shropshire, se llamaba el Mount–, para demostrar que poseía la misma grandeza que la aristocracia terrateniente de antaño. Corrió con los gastos de los estudios de Medicina de su hijo Charles en la Universidad de Edimburgo (el muchacho los abandonó), lo envió luego al Christ’s College de Cambridge para que se hiciera clérigo (el muchacho dejó de estudiar), tuvo que conformarse con que descendiera a lo más bajo de Cambridge y apenas consiguiera el título de licenciado en Filosofía y Letras (sin honores y sin la más remota idea de qué hacer con su vida), y luego le costeó a regañadientes el caprichoso viaje de cinco años de exploración, turismo o lo que fuese a bordo de un buque que tenía nombre de perro, el buque de Su Majestad Beagle, que lo prepararía para hacer carrera –por lo que sabía el doctor Darwin– en nada. En 1839, cuando el muchacho dio por concluida aquella estupidez a los veintinueve años, el doctor Darwin, casado él mismo con una pariente de la rama Wedgwood, lo animó a que se casara con Emma Wedgwood, su prima carnal, solterona de treinta años muy agradable aunque algo feúcha, y en 1842 les compró una casa solariega al sureste de Londres, Down House, asignándole al muchacho una suma suficiente para que viviera bien por siempre jamás. Vivir bien incluía ocho o nueve criados –mayordomo, cocinera, un par de ayudas de cámara, doncella, camarera y al menos una niñera y una gobernanta– desde el primer momento.
 
Beagle encallado en la costa del río Santa Cruz / Ilustración vía Narrative of the Surveying Voyages of His Majesty’s ships Adventure and Beagle.
¿Dónde dejaba eso –el hecho de que un Caballero Británico tuviera la vida resuelta porque se la pagaba papá– a alguien como Alfred Russel Wallace? Su padre, abogado, había emprendido la carrera jurídica junto a la de hombre de negocios –además de crear una familia y media, es decir, mujer y nueve hijos (Alfred era el octavo)– y acabó estafado y en bancarrota, en la ruina más absoluta. Los Wallace constituían el ejemplo mismo de lo que hoy denominaríamos una familia con movilidad social descendente. No tenían dinero para que Alfred siguiera los estudios después de la escuela primaria.
 
Años más tarde, para costearse las exploraciones en la Amazonia y el archipiélago malayo, Wallace tuvo que despachar ingentes cargamentos de serpientes (muertas), mamíferos, conchas, aves, escarabajos, mariposas –montones de llamativas mariposas–, polillas, mosquitos y chinches chupadoras a un agente en Inglaterra…, que los vendía a científicos, naturalistas aficionados, coleccionistas, amantes de las mariposas y a cualquier interesado en las exóticas curiosidades del bajo vientre de la tierra. Un solo cargamento podía contener miles de especímenes. Al tipo de mortal dispuesto o forzado por el Destino a meterse hasta los tobillos en el fango, sufriendo el calor abrasador, nubes de mosquitos en paisajes nocturnos de fiebres espantosas…, en terrenos plagados de escurridizas serpientes venenosas…, para recoger centenares de bichos raros…, se le denominaba… papamoscas. Caballeros como Lyell y Darwin no consideraban colegas a los papamoscas, para ellos no eran naturalistas, sino simples proveedores, con la misma categoría que los agricultores o tejedores.
 
Ahí teníamos a Alfred Wallace…, un papamoscas. La sola idea de tener que ganarse la vida, y además como vendedor de chinches, bastaba para que a cualquier Caballero empezara a picarle el cuerpo y tuviera que rascarse por todas partes…, y a mediados del siglo XIX los Caballeros dirigían todas las áreas importantes de la vida en Gran Bretaña: política, religión, ejército, artes y ciencias. Wallace era bien consciente de que iba a entrar en contacto con un estrato social muy superior al suyo. Pero no escribía a Lyell, a través de Darwin, en busca de aceptación social. Lo único que quería era reconocimiento profesional por parte de algunos colegas naturalistas eminentes. ¡Qué ingenuidad la suya! El Caballero Británico no era simplemente rico, poderoso y refinado. También era un hábil embaucador…, hábil…, hábil…, hábil a rabiar. Se decía que un Caballero Británico bien podría robarte la ropa interior, los calzoncillos, los gayumbos, las bragas mientras lo mirabas perplejo y le preguntabas si no le parecía que hacía mucho frío de repente.
 
Cuando recibió el manuscrito y la carta, en junio de 1858 –y les ruego disculpen el anacronismo, es decir, un verbo de más de un siglo después–, Mr. Charles Darwin flipó. Entregó el manuscrito a su buen amigo Lyell, desde luego…, junto con una gimoteante invocación de auxilio. En veinte páginas el tal Wallace se había anticipado al trabajo de su vida: ¡al trabajo de toda su vida! «Anticiparse» era la palabra que en 1858 se utilizaba para un scoop, es decir, para quitarle a uno «la exclusiva» de algo.
 
Darwin había logrado una sólida reputación entre los naturalistas con una serie de monografías sobre arrecifes de coral, islas volcánicas, fósiles, percebes, hábitos de los mamíferos…, había escrito un libro interesante y muy elogiado, Viaje de un naturalista alrededor del mundo, sobre los cinco años (1831-1836) de su expedición a bordo del buque de Su Majestad Beagle, una de las muchas exploraciones mundiales patrocinadas por el Gobierno inglés en el siglo XIX. No solo lo habían elegido como miembro de la Geological Society, sino también de la más prestigiosa corporación científica de Inglaterra, la Royal Society de Londres, cuyo número de socios se limitaba a ochocientos, es decir, a los ochocientos científicos más destacados del mundo. Estupendo: pero todo eso no significaba nada para él a la luz de su Teoría de la Evolución, fruto muy secreto de toda una vida de investigaciones.
 
Había empezado a pensar en la evolución –«transmutación» era el término empleado por entonces– a bordo del Beagle. En 1837, un año después de concluida la expedición, tenía el convencimiento de que toda vida vegetal y animal sobre la tierra era el resultado de la transmutación, es decir, de la evolución de las diversas especies a lo largo de millones de años. Y no solo plantas y animales…, los exploradores del Beagle pasaban largos intervalos en tierra, y Darwin no dejaba de encontrarse con nativos tan primitivos que a un Caballero Británico como él debían de parecerle más próximos a monos que a humanos…, sobre todo los fueguinos: nativos de Tierra del Fuego, región argentina y chilena situada tan al sur que su punta extrema forma parte de la Antártida. Los fueguinos eran morenos, muy velludos, y tenían la piel arrugada por el sol. Su cabellera era tan densa como la de un ululante…, un ululante…, bueno, como la de un ululante simio peludo. Tenían unas piernas cortas y pilosas, y brazos demasiado largos para sus hirsutos torsos. A ojos de Darwin, lo único que distinguía a los fueguinos de los simios superiores era la facultad del habla, si es que podía llamársele facultad. El vocabulario fueguino era tan reducido, y la gramática subyacente en sus gruñidos tan rudimentaria y simplona, que a juicio de Darwin constituían un elemento distintivo bastante pobre. Aún no se le había ocurrido que el lenguaje, ya fuera emitido con gruñidos por bestias en los confines del mundo o recitado por encopetados caballeros londinenses, era con mucho la facultad más grandiosa que jamás hubiera poseído criatura alguna sobre la tierra.
 
Después de poner los ojos sobre aquellos y otros simios velludos más abajo del ecuador, una idea blasfema, enteramente pecaminosa pero muy emocionante, envuelta en un halo de fama y refulgente gloria, se le metió a Darwin en la cabeza. ¿Y si los fueguinos no fuesen realmente humanos sino que más bien se situaran en un estadio intermedio de la transmutación, de la evolución del mono hacia el… Homo sapiens? Que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza constituía el eje de la fe cristiana. En 1809, cuando Lamarck se había atrevido a sugerir (en Philosophie Zoologique) que el hombre descendía del mono, todo el mundo dio por sentado que solo su legendario heroísmo durante la Guerra de los Siete Años lo había salvado de tener graves problemas con la Iglesia y sus poderosos aliados. (El fuego de artillería había exterminado a más de la mitad de una compañía de infantería francesa y a todos sus oficiales. Un recluta de diecisiete años, escuálido y de corta estatura, el soldado raso Lamarck, dio un paso al frente y a fuerza de personalidad asumió el mando y mantuvo la posición de la compañía hasta que llegaron refuerzos…)
 
Darwin se moría de miedo ante la perspectiva de una condena, pero también estaba inflamado de ambición. Siete años más tarde, en 1844, el autor de Vestiges of the Natural History of Creation sentiría el mismo temor: y así se ocultó bajo la rúbrica de Anónimo y nunca salió a la luz. Ni siquiera la perspectiva de la fama fue suficiente para hacerle superar el miedo: su nombre solo se reveló cuando la duodécima edición de Vestiges se publicó en 1884, el cuadragésimo aniversario del libro…, trece años después de la muerte del autor. Entonces, por fin, la portada llevaba una firma: Robert Chambers. Pese a todo su esnobismo, los Caballeros naturalistas demostraron tener razón. Chambers no era un Caballero, sino un periodista, cofundador con su hermano William del Chambers’s Edinburgh Journal y la Chambers’s Encyclopaedia… y naturalista aficionado en sus ratos libres.
 
Darwin no era menos cauto que Chambers, pero aún había algo más que lo retenía. Como entregado naturalista tenía un problema aún mayor: una enorme falta de evidencias en lo tocante al lenguaje, que distinguía claramente al ser humano de cualquiera de sus ancestros animales. Eso lo atormentaba. Podía explicar el pulgar oponible del hombre, la postura erecta y el enorme cráneo, pero no encontraba pruebas concluyentes de que el lenguaje humano hubiera evolucionado a partir de los animales. Parecía que el lenguaje había surgido en la boca de los hombres como por arte de magia. Pensó y pensó. Y pensó…
 
Pero un momento. ¿Qué era el lenguaje? Comunicación vocal, ¿no? Bueno, pues los animales también tenían sus formas de comunicación vocal, y algunas bastante complejas. El mono cercopiteco verde emite gritos diferentes para advertir al grupo de la presencia de los depredadores más peligrosos. Tiene uno para el leopardo, otro para el águila, otro distinto para los babuinos y otro para la serpiente pitón, además de variantes del grito de la pitón para referirse a la mamba o la cobra. Los cercopitecos verdes emplean determinada entonación para señalar que los informes de un miembro específico del grupo no son dignos de confianza en absoluto. Y ahí lo tenía: semántica simiesca. Si eso no era el equivalente del lenguaje, ¿qué era? De acuerdo, no había pruebas directas para afirmar que…, pero eso saltaba a la vista, ¿no? El lenguaje de ciertos animales como el primate cercopiteco verde había evolucionado hasta conformar el lenguaje humano… de la manera que fuese…, y si no se disponía de pruebas claras…, bueno, eso solo quería decir que nadie lo había investigado con la suficiente insistencia, porque en algún sitio tenían que estar.
 
Pero ¿por qué tenían que estar? Porque en aquel momento, en 1837, Darwin había caído, sin darse cuenta, en la trampa del cosmogonismo, la obsesión de encontrar la siempre elusiva Teoría del Todo, la idea o narrativa que explica cómo todo lo del mundo forma parte de una sola estructura que de pronto resulta evidente.
 
El primer sabio en plantearse tal objetivo parece haber vivido en el siglo III a.C., aunque el término en sí, Teoría del Todo, no lo acuñó hasta hace medio siglo un autor de ciencia ficción, Stanislaw Lem, que lo tomó como objeto de burla. A finales del siglo pasado, ya aparecía en publicaciones científicas de carácter serio. Para Darwin había sido un asunto serio siglo y medio atrás, se llamara como se llamase. Para Darwin, demostrar que el lenguaje había evolucionado a partir de los sonidos emitidos por animales inferiores se convirtió en una obsesión. Al fin y al cabo, la suya era una Teoría del Todo. No importaba cuántas acrobacias verbales y saltos lógicos hicieran falta, la palabra, el lenguaje, tenía que encajar en su perfecta cosmogonía. Hablad, bestias.
 
Literalmente, «cosmogonía» significa «nacimiento del mundo». En su forma original, una cosmogonía es un relato, como el del Génesis de la Biblia, sobre la creación del universo y todas las formas de vida, cuyo punto culminante es el hombre. En el principio, no existe nada material, solo un espíritu y una fuerza llamada Dios. Dios crea el mundo material en seis días y descansa el séptimo. Crea al hombre a su imagen y semejanza y lo sitúa como rey de lo creado. Muy pocas cosmogonías presentan como creador a una divinidad todopoderosa o a una gran fuerza invisible. Más bien al contrario.
 
En su mayor parte, las cosmogonías incluyen algún animal que nunca destaca por tamaño, fuerza física o ferocidad. En absoluto. No tienden a lo cada vez más grande, sino a lo cada vez más pequeño.
 
Al parecer, Darwin nunca se había planteado el asunto de esa manera. Largo silencio… y al cabo: «Ahhh», dijo, «probablemente a partir de cuatro o cinco células que flotaban en algún charco cálido por alguna parte.» Uno de los estudiantes insistió en que detallara esa afirmación. Quería saber la procedencia de las células. ¿Quién o qué las había puesto en el charco? Un Darwin exasperado contestó, efectivamente: «Pues no lo sé…, pero oiga, ¿no le basta con que le hayan dado el hombre y todos los animales y plantas del mundo?»
 
En ese aspecto, el darwinismo constituía un ejemplo típico de las cosmogonías más primitivas, que evitaban la cuestión de cómo el mundo se había creado ex nihilo. Darwin lo había pensado a menudo, acabando con dolor de cabeza. El mundo simplemente estaba… ahí. Todas las cosmogonías, tanto la de los apaches como la de Charles Darwin, se enfrentaban con el mismo problema. Eran la historia o, mejor dicho, la narración de cosas acaecidas en un pasado primordial, mucho antes de que existiera alguien capaz de registrarlas. El escorpión de los apaches y las células de Darwin en aquel charco cálido de alguna parte constituían, por definición, una hipótesis bien fundada. Darwin, hombre de Cambridge al fin y al cabo, poseía una gran formación para los estándares de su época, pero también la tenía, sin duda, el chamán apache que imaginó al viejecillo de larga barba acurrucado en el disco. En el caso de Darwin, la diferencia era que ensambló su relato en una época cada vez más racional. No se le habría ocurrido presentar su cosmogonía como otra cosa que una hipótesis científica. En la cosmogonía navajo, el agente del cambio (distinto del creador) era un ser vivo: Langosta. En la de Darwin, debía ser científicamente inanimado. Langosta recibió un nuevo nombre: Evolución.
 
Una hipótesis científica debía ajustarse a cinco criterios. ¿Había observado alguien el fenómeno –Evolución, en este caso– mientras ocurría y lo había registrado? ¿Podrían reproducirlo otros científicos? ¿Podría alguno de ellos presentar una serie de datos que, de ser veraces, contradijeran la teoría (prueba «falsacionista» de Karl Popper)? ¿Podrían los científicos formular predicciones basándose en ella? ¿Arrojaba luz sobre ámbitos científicos hasta entonces desconocidos o enigmáticos? En el caso de Evolución…, pues…, no…, no…, no…, no… y no.
 
En otras palabras, no podía someterse a prueba con arreglo a criterios científicos. Como cualquier otra cosmogonía, se trataba de un relato serio y honesto destinado a satisfacer la insaciable curiosidad del hombre sobre sus orígenes y sobre cómo había llegado a ser tan diferente de los animales que lo rodeaban. Pero no dejaba de ser un relato. No era una demostración. En resumen, aunque sincera, era pura y simple literatura.
 
Desde luego no fue la experimentación ni la observación científica lo que acabó convenciendo a Darwin de que el hombre no ocupaba un lugar especial en el universo. Fue una visita al zoológico de Londres en la primavera de 1838, dos años después del viaje del Beagle. Una de las atracciones más populares del zoológico era Jenny, una orangutana. Jenny estaba tan acostumbrada a tener gente a su alrededor que muchas de sus reacciones habían cobrado una actitud enteramente humana. A veces llevaba ropa. Sus gestos, la expresión facial, los sonidos que emitía, la manera en que expresaba frustración, burla, ira, regocijo espontáneo o el sentimiento de Te quiero mucho, ¡Socorro, ayúdame!, Quiero…, quiero…, esto último con un gemido que revelaba lo difícil que le resultaba decirlo con palabras: ¡estaba tan claro como el agua! ¡Ahora Darwin estaba seguro! Solo un sutilísimo velo separaba a Jenny de un ser humano. Utilizó su influencia de Caballero y de importante naturalista para entrar en la jaula de Jenny y estudiar de cerca sus expresiones.
 
Seguro estaba… ¿y qué? Seguía tan desconcertado como cualquier otro que estuviera igual de seguro, incluido su abuelo. Erasmus Darwin no había llegado a entender exactamente cómo se producía la transmutación* –Evolución–, y su nieto tampoco llegaba a comprenderlo.
 
En octubre de 1838, Charles cogió un ejemplar del Primer ensayo sobre el principio de la población, de Thomas Malthus…, «para entretenerse», según explicó, suponiendo al parecer que ningún pensador serio podría encontrar profundo un libro tan antiguo y popular como el Primer ensayo sobre la población. Empezó a leerlo y…
 
¡Hurra! ¡La vieja magia malthusiana obró su encantamiento! Iluminó la sesera de Darwin exactamente como iluminaría la de Wallace veinte años después, ¡eso!, la solución a lo que los naturalistas, incluido el propio Darwin, denominaban hasta aquel momento «el misterio de los misterios»: cómo una criatura ínfima (o «cuatro o cinco» similares), aún más pequeña que la diminuta chinche chupadora, es decir, una célula –nada que ver con las enormes liebres, escorpiones y escarabajos–, una célula, o una célula con unas cuantas hermanitas, creció hasta convertirse en la criatura más desarrollada de todas, la que tiene un nombre en latín para certificarlo: Homo sapiens.
 
¿Pero qué le ocurre a alguien como Darwin, que ha recibido honores, es tenido en gran estima y posee las más altas credenciales en su campo…, cuando anuncia que el hombre no está hecho a imagen de Dios sino que, en realidad, no es más que un animal? Podía ver, sentir, a la Iglesia y a miles, a decenas de miles de creyentes cayendo sobre… mí… como la Ira de Dios. Era consciente de lo que le había pasado a Mr. Vestiges, demasiado consciente. Y eso lo aterrorizaba.
 
De modo que en los dos decenios transcurridos entre 1838 –cuando tenía veintinueve años– y 1858 no le habló a nadie de su momento de inspiración aparte de a Lyell, a quien no se lo comunicó hasta 1856. En los veinte años anteriores a esa fecha, dedicó su carrera a recabar…, en secreto…, pruebas que apoyaran lo que a su debido tiempo, según esperaba, conmocionaría al mundo: su revelación sobre los verdaderos orígenes del hombre y, ya que estaba, de todos los animales y plantas, su Teoría de la Evolución por medio de la selección natural. ¡Iba a exponer, para maravilla de toda la humanidad…, la verdadera historia de la creación! El hombre no se había creado a imagen y semejanza de Dios, tal como enseñaba la Iglesia. El hombre era un animal, descendiente directo de otros animales, y en particular del orangután.
 
Darwin temía no una sino dos cosas: en primer lugar, la Ira de los Devotos, y en segundo, a algún competidor con iniciativa que se enterase de su teoría y se le adelantara al ponerla por escrito. ¡Y hete ahí que, de buenas a primeras, aparece ese insignificante papamoscas de Wallace con un artículo listo para su publicación sobre la evolución de las especies por medio de la selección natural! Se estrujó el cerebro intentando recordar si se le habría escapado algo en alguna carta que pusiera a Wallace sobre aviso. Pero no recordaba nada.
 
Oh, Lyell se lo había advertido… Lyell le había avisado…, y ahora todo mi trabajo, todos mis sueños…, todos mis sueños…
 
Luego se tranquilizó. No debía ceder a aquella horrible sensación que le atenazaba el plexo solar. Había algo más importante que la prioridad, la gloria, el aplauso, la admiración universal y un destacado lugar en la historia…, a saber, su honor de Caballero y estudioso. Utilizó todos los músculos extensores de su alma para hacer lo que tenía que hacer, y se portó como un hombre. Remitió a Lyell el artículo de Wallace junto con una carta que decía: «Me parece que merece la pena leerlo… Te ruego me devuelvas el manuscrito, del que no dice desear que yo lo publique; pero naturalmente le escribiré enseguida y me ofreceré a enviarlo a cualquier revista. Así, toda mi originalidad, valga lo que valga, quedará hecha añicos.»
 
Viniendo de la pluma de un Caballero siempre tan compuesto y dueño de sí como Darwin, a quien podría calificarse de flemático, la expresión «hecha añicos» emergía de la página como un aullido, un aullido y el rasras de los extensores de su alma escapando a su control y rompiendo en mil pedazos el puñetero artículo. Lo que el aullido decía era: «¡Mi vida entera está a punto de hacerse añicos y reducirse a polvo, a una simple nota a pie de página del triunfo de otro hombre!