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360 Habitantes > miércoles, 27 de febrero de 2019
La actualidad de Angostura por Tomás Straka
 
 
 
Hoy es un nombre legendario. Los venezolanos aprendimos de memoria aquello de “moral y luces son nuestra primeras necesidades”, sin saber realmente qué significa. Una disposición del Estado –al parecer de Augusto Mijares en su paso por el ministerio de Educación– dictaminó que estuviera en la fachada de todas las escuelas. Fue así que se difundió en la memoria colectiva. El empeño de las maestras y sus carteleras ha hecho el resto. Pocos saben, incluyendo las maestras, que es una frase sacada del famoso Discurso de Angostura, más allá que del discurso en sí se hable bastante. En Colombia, por su parte, generaciones han aprendido que “la república de Colombia se fundó en Angostura”, como, palabras más, palabras menos, simplificaron las cosas Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, sin que la mayor parte sepa dónde queda aquella ciudad. Hay incluso una marca global con su nombre, el Amargo de Angostura, creada por un médico alemán del Ejército Libertador, pero como desde 1846 pasó a llamarse Ciudad Bolívar, aquel lugar que se señala como el origen de dos países se fue convirtiendo en una palabra sin asidero real, una especie de Troya legendaria desde la que partieron nuestros Eneas fundadores.
 
No obstante, a doscientos años de aquel Congreso fundacional de Angostura, las circunstancias de Venezuela y Colombia demuestran que está lejos de ser un episodio ajenos y legendario, sino que por el contrario es algo que remite a asuntos muy concretos, de plena vigencia en la actualidad. Instalado el 15 de febrero de 1819 en una ciudad que ya no se llama así, pero que sigue existiendo, los problemas que en él se discutieron, los proyectos que se plantearon, el hecho de que se planteara un destino común para Venezuela y la Nueva Granada marca una línea de continuidad con el devenir histórico, turbulento, a grandes trechos atribulado, de las dos repúblicas. Cuando Colombia parece salir de un ciclo de violencia que salpicó a Venezuela de tantas formas, para que ahora ésta entre en una crisis social, institucional, económica de enormes dimensiones, que se proyecta en su vecina de manera profunda; cuando llegó a haber, en su pico más alto, más de tres millones de colombianos en Venezuela, y en estos momentos al menos un millón de venezolanos en Colombia (pero pueden ser mucho más); cuando nadie sabe cuántos ciudadanos comunes hay entre ambos países, tras décadas de idas y venidas de inmigrantes y de familias binacionales; y cuando, como en los días de Angostura, la política interna de cada país está muy pendiente de la del otro, Angostura es bastante más que aquel etéreo mensaje de “moral y luces” (aunque sin duda nos estén haciendo mucho falta) y del sitio remoto donde “nació la república”. De esa actualidad, para bien y acaso sobre todo para mal, es de la que se hablará en los siguientes párrafos.
 
Algo de historia
 
Hagamos primero a repaso de los hechos, ya que no siempre el esfuerzo de los maestros venezolanos y colombianos es todo lo efectivo que se esperara. Después del colapso de la república venezolana en 1814, fundamentalmente por una gran rebelión social de venezolanos dirigida por José Tomás Boves, los independentistas se desperdigaron entre exilios y lo que hoy llamamos guerrillas. Esta situación cambió hacia 1817 cuando la combinación del talento político de Simón Bolívar para atraerse a la mayor parte de los jefes rebeldes y para conseguir apoyo internacional, junto a los éxitos militares de dos jefes que con el tiempo se convirtieron en sus más grandes rivales, Manuel Piar y José Antonio Páez, le dieron una base de operaciones en los llanos y la Orinoquia. Así, para 1818 ya los republicanos habían capturado una ciudad importante, aunque prácticamente destruida y despoblada, Angostura, capital de la provincia de Guayana y el principal puerto del Orinoco. Tomada después de un sitio relativamente largo, era poco lo que podía ofrecer (nada de comida, casas vacías), pero era lo mejor que había. Y es por eso que en ella deciden reorganizar una república que fuera más o menos creíble, sobre todo de cara a los otros países de los que se esperaba reconocimiento. Y una república así necesitaba una institucionalidad y una legitimidad mínima.
 
El fracaso del Congreso reunido en Caraicao, por las rivalidades entre los aspirantes a la presidencia, junto a la capacidad de Bolívar para controlar las riendas, a veces tomando decisiones tan duras como el fusilamiento de Piar, y llevarse a todos los republicanos posibles a Angostura, sentó las bases para que nombrara una comisión para que organice unas elecciones. Presidida por Juan Germán Roscio, la comisión redactó un Reglamento para la segunda convocatoria del Congreso de Venezuela, fechado el 17 de octubre de 1817. Acto seguido, el 22, Bolívar convocó a elecciones. Entre tanto, el 16, ante un pelotón de fusilamiento, caía abatido Piar. No es de extrañar que fueran unos comicios controvertidos. Como la mayor parte del país estaba en manos de los realistas, la verdad no había ni electores ni demasiados candidatos. Al final se optó por organizar las votaciones en las unidades militares, descontando aquellos sitios ya en control de la república donde se realizaron de forma más regular.
 
De ese modo, a lo largo de enero de 1819 se celebraron una de las elecciones más complicadas de la historia venezolana, en el territorio controlado por los patriotas. Los resultados fueron tan previsibles que el mismo Bolívar advirtió sobre ellos: aunque expresamente había recomendado votar por magistrados y no por militares en la proclama llamando a elecciones del 22 de octubre de 1818, los oficiales y suboficiales con derecho al voto eligieron a sus jefes, quienes de paso fueron los organizadores de los comicios. No obstante, no se puede negar que lo mejor del procerato civil que estaba en Angostura también fue elegido. Pero esa era sólo una parte del problema. Aunque las elecciones eran para elegir al Congreso de Venezuela, después de disuelto el de 1811-12, se hicieron votaciones por la provincia neogranadina de Casanare. Usaron el argumento, algo más que discutible, de que existía un acuerdo de 1810 entre las juntas de Caracas y Bogotá para hacer algún tipo de confederación no muy definido en el mismo. Pero la verdad es que era una idea que Bolívar y algunos más llevaban en la mente desde 1813, cuando reconquistó Caracas por unos meses, hasta su derrota por Boves en el año 14. Para entonces, hay que recordar, Bolívar ya había hecho una fulgurante carrera militar y política en la Nueva Granada, era oficial efectivo de su ejército y, en cuanto tal, recibido su nacionalidad. El punto es que Francisco Antonio Zea es electo por Casanare (también lo había sido por Caracas, pero renunció) y así una provincia neogranadina entra al Congreso de Venezuela.
 
El 15 de febrero, con toda la pompa que permitía la desolación de Angostura y las fiebres que acosaban a muchos de los legisladores, se instala el Congreso. Bolívar pronuncia allí su famoso Discurso, ese del que la mayor parte sólo ha memorizado lo de “moral y luces”, pero en el cual elabora una de las argumentaciones más meditadas de su época para justificar la independencia y propone una Constitución para que la república que ya había colapsado dos veces, no lo volviera a hacer.
 
¿Qué nos dice Angostura el día de hoy?
Lo primero es que con tan malos auspicios legales e institucionales, no obstante el Congreso de Angostura se empeña en crear un andamiaje legal moderno. Un andamiaje en cuyos principios seguimos creyendo y que generan una tradición republicana por la cual es un Parlamento electo en comicios libres, lo que otorga la legitimidad. No es poca cosa en estos momentos de enfrentamiento entre la Asamblea Nacional y Nicolás Maduro. Así como el nacimiento de la república en 1811 fue, en última instancia, producto de un acto comicial, el de la elección de los diputados que fueron al Congreso que proclamó la independencia el 5 de julio; su refundación angostureña en 1818 intentó hacer lo mismo tanto como pudo. Y no se trató sólo de una pantomima para agradar a los ingleses y norteamericanos que les vendían armas y prestaban dinero, aunque hubiera mucho de eso; era una convicción que se fue afinando con nuevos comicios en 1821 y 1825, y que Venezuela mantendría de forma razonablemente limpia hasta el desastre de las elecciones de 1846. Después siguieron convocándose elecciones, pero cada vez menos libres y competitivas, hasta 1945.
 
Cuando Bolívar en su famoso discurso ante el Congreso de Angostura hace sus propuestas constitucionales, no buscaba más que un sistema que garantizara tanta libertad como estabilidad para esa república que se reorganizaba. Sus propuestas, una mezcla de cosas muy revolucionarias, como la abolición de la esclavitud, con otras francamente antiliberales, como el Poder Moral, fueron atendidas pero no seguidas por el Congreso. Aunque no fue su forma de actuar siempre, al menos en este caso acató una Constitución, finalmente promulgada en Cúcuta en 1821, que tomó bastante poco de sus ideas. En definitiva, Angostura es la consagración de un ideal de soberanía popular y representatividad como base de todo poder legítimo, que los venezolanos y colombianos podemos alegar como una tradición cívica que se remonta a los orígenes mismos de nuestras repúblicas.
 
Lo segundo que subrayaremos de la actualidad de Angostura fue esa peripecia del sabio Zea, como lo conoce la historia, de ser diputado por Caracas y después por Casanare. Aunque en ambos casos su representatividad tenía bases, como mínimo, endebles, el sentido general de la unión de Venezuela y la Nueva Granada no carecía de sentido histórico por parte de sus promotores. Después del extraordinario golpe de audacia que le permitió a Bolívar tomar Bogotá y controlar la mayor parte del territorio neogranadino en agosto de 1819, el Congreso de Venezuela elevó aún más las apuestas y decretó la creación de una nueva república, Colombia (conocida como Gran Colombia por la historiografía), el 17 de diciembre del mismo año, con la unión de los dos países. Suerte de reconstrucción del viejo virreinato, su historia estuvo llena de contradicciones que al final no pudo superar. Fue exitosa, muy exitosa, ganando la guerra contra los realistas en sus territorios y después en Perú; le arrancó el reconocimiento tácito a España en 1820 y al Vaticano en 1827. Pero no pudo lograr la unión de dos pueblos en los que ya se perfilaban las nacionalidades que en 1830 dieron paso a tres “pequeñas colombias”: los Estados de Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, que por algo mantuvieron su bandera.
 
Pero si bien crear una sola nación resultó imposible, la historia subsiguiente demostró que las dinámicas de estos países están tan entrelazadas, que es imposible al menos considerar ciertas instancias de coordinación para atender problemas comunes. Sobre todo entre Venezuela y Colombia (la Nueva Granada retomó el nombre en 1863, más allá de que Henao y Arrubla sean deliberadamente confusos al poner su nacimiento en Angostura), entre las que no ha habido un problema de la una, que en mayor o medida no se refleje en la otra. Así fue durante la Guerra Federal venezolana o durante la Guerra de los Mil Días colombiana; así ocurrió en los años duros de violencia colombiana o en el imán petrolero venezolano que atrajo millones de colombianos; así es ahora, con la crisis de la migración. Un orden republicano, liberal, democrático, que garantice estabilidad y prosperidad; un orden que vincule a dos países tan entrelazados es lo que significó Angostura, tan legendaria y cercana. También lo que sigue siendo urgente, en grado distintos, para las dos. Es, por lo tanto, lo que a doscientos años nos demuestra su patente actualidad. Los últimos disturbios ocurridos en el Puente Simón Bolívar, entre Cúcuta y San Antonio; el concierto de apoyo a la ayuda humanitaria que se escenificó cerca de allí; el puente Francisco de Paula Santander… en fin, un problema de política exterior y a la vez interna de Venezuela y Colombia, en medio de topónimos tan evocadores de la Independencia como Cúcuta, Bolívar y Santander, ¿se puede ser más grancolombiano? ¿Hace falta más para demostrar la vigencia de Angostura doscientos años después?