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360 Habitantes > sábado, 24 de noviembre de 2018
Tulio Hernández: “La guerra civil, la insurrección militar o la injerencia extranjera” en El Berrinche por Roberto Giusti
 
 
 
El día que salió de Venezuela, escapando de un carcelazo anunciado por Maduro, en cadena nacional, Tulio Hernández caminaba por el puente que une a Colombia con Venezuela. Del lado de allá Puerto Santander, del lado de acá la alcabala de Boca de Grita. De este lado Venezuela, donde lo esperaba una celda en el Helicoide, del otro lado Colombia y la incertidumbre del exilio.
Silbando por lo bajito avanzó en tono suave mezclándose con la multitud que dejaba el mustio y triste lado venezolano para acercarse al lado colombiano, caliente y colorido, con sus buhoneros ofreciendo a los migrantes todo lo que faltaba tan cerca y tan lejos de su alcance.  Ni siquiera lo miraron los guardias nacionales y en menos de tres minutos, al llegar a la mitad del puente, estaba a salvo.
 
Sociólogo, investigador de temas comunicacionales y de políticas culturales, asesor de organismos internacionales y columnista, durante más de dos décadas del diario El Nacional, Tulio nació en Rubio, estado  Táchira, a muy pocos kilómetros de Colombia. De manera que asume con naturalidad de conocedor la decisión de dedicar buena parte de su actividad académica, en Bogotá, al fenómeno de la migración venezolano: “Este es un fenómeno único en la historia de América Latina. Una migración de un país a otro con unas  dimensiones jamás vistas”.
 
-El venezolano era el único latinoamericano que no acudía  a la emigración como el recurso que le podía asegurar un mejor nivel de vida. Antes que emigrante Venezuela era un país receptor de inmigrantes. Pero ahora le tocó ser todo lo contrario. ¿Cómo observas ese cambio radical que se vio obligado a emprender para sobrevivir?
 
-El venezolano es un emigrante nostálgico a priori. Generalmente los emigrantes desarrollan una nostalgia luego de un cierto tiempo. En cambio el venezolano, como era tan apegado a su país, en muy poco tiempo tenía una narrativa, una música y una literatura. Pero no es un emigrante que se va tratando de mejorar sino obligado por las circunstancias. Eso genera, en las migraciones más recientes, un comportamiento de refugiados políticos que fueron expulsados y por tanto no escogieron libremente su salida del país. De manera que en  América Latina y más concretamente, por ejemplo, en Chile, el venezolano popular, aquel de menguados recursos, exhibe orgullosamente  su condición.
 
-¿No lo hacen todos los latinos?
 
-No. Mientras los emigrantes colombianos, bolivianos y peruanos tratan de camuflarse para no ser perseguidos, el venezolano  siempre tiene una camisa tricolor, una gorra o una chaqueta porque siente que merece ser estimado si consideramos que en el pasado eran los chilenos quienes tocaban las puertas de Venezuela.
 
-¿Ese tipo de comportamiento no revela una incapacidad para integrarse a la sociedad que los ha acogido?
 
-No. Históricamente la primera generación no se integra plenamente al país receptor, sus integrantes  viven nostálgicos para siempre del lugar donde nacieron. Y por eso sociedades como la norteamericana está conformada por ghettos. En el caso de los venezolanos que llegaron a Colombia existe ya un proceso de integración por parte de los más jóvenes. Al punto que hay padres quejándose porque sus hijos se están volviendo muy colombianos. Un fenómeno comprensible porque los jóvenes se integran fácilmente, mientras que los mayores guardan distancia. Pero esa distancia está reforzada por la idea de que somos víctimas y estamos sufriendo castigo. En el pasado el emigrante colombiano que se establecía en Boston o en Caracas iba a mejorar su condición. El venezolano, incluyendo al clase media sin recursos, digamos un médico que vive de vender arepas en la calle, siente que está sufriendo una pérdida.
 
-El único emigrante (exiliado) que tuvimos en el pasado fue el del dirigente político, que se veía obligado a salir del país aventado por las dictaduras. Pero hoy en día pareciera que el emigrante está desechando la posibilidad de regresar al país.
 
 -Hay de todo. Los estudios internacionales señalan que luego de emigraciones masivas solo  regresa a su país de origen entre el quince  y el veinte por ciento. Y sobre todo  vuelven quienes tenían, al momento de dejar el país, más de treinta años. El caso venezolano es más complejo porque el punto de inflexión, que genera el retorno, está dado por la caída del régimen. Sin embargo, de mis contactos en Europa, Estados Unidos y América Latina he observado que quienes están mejor preparados para regresar son los jóvenes entre 25 y 35 años, con formación  universitaria, sensibilidad política y sin hijos mayores.
 
-¿Qué están haciendo ellos para lograr el regreso? ¿Tienen actividad política? ¿Están organizados?
 
-Sí. En Boston hay un grupo de estudiantes  de universidades norteamericanas  que se reúne anualmente. En Colombia, está el grupo Ávila Montserrat, que impartió un curso de formación socio-política para treinta dirigentes sociales, menores de treinta años. Todos conscientes de que se están preparando para regresar y trabajar con un gobierno democrático dispuesto a la reconstrucción nacional. Se trata de grupos pequeños pero activados con presencia en los más diversos países. Una red hasta ahora no organizada de grupos que coinciden en los mismos objetivos. Hay otra gente, muy nostálgica, que se vino a regañadientes, pendiente solo del día D para agarrar las maletas y volver. Finalmente está la mayoría, un 50 por ciento, echando raíces  mientras sus hijos se  casan con nativos y ya hablan como lo hacen en su país receptor. Estos últimos no  se desligan del país pero tampoco, necesariamente, van a regresar.
 
-¿En qué grupo te sitúas tú?
 
-Estoy en dos grupos.  Soy de aquellos que, por razones de edad, pueden morir afuera, sin volver. Recuerdo que Celia Cruz, cuando la entrevisté por última vez,  me dijo que antes de morir volvería a Cuba para visitar la tumba de su madre. Pensaba que primero que ella se moriría Fidel Castro. No fue así y nunca volvió.  Entonces esa es una posibilidad que  puede mantenerse  quince, veinte o treinta años. Y la otra tiene que ver con mi profesión y actividad, que me tienen en permanente conexión con lo que sucede en mi país. Pero es indudable que en el caso de la caída del actual régimen estaría dispuesto a trabajar en  la reconstrucción nacional.  Ocurre, sin embargo, que mi disposición anímica me lleva a asumir una vida afuera, independientemente de  que pueda volver.
 
-Siempre me he preguntado por qué no hay esa actividad política que se desarrolló en los años 50, durante la dictadura de Pérez Jiménez, con los partidos democráticos trabajando  desde la clandestinidad y unos dirigentes, fuera del país, guiando esa lucha y  asegurando las posibilidades del cambio hacia la democracia. La pregunta es: ¿por qué el exilio político se ve borrado por el otro tipo de emigrantes?
 
-Porque el exiliado político es una minoría.  Aquí, en Colombia, hemos determinado que de cada mil inmigrantes solo uno tiene que ver con causas políticas. Pero hay otra razón y es que para los años 50 la lucha estaba clara desde el principio. De manera que  (Rómulo)Betancourt, (Rómulo) Gallegos, (Jóvito) Villalba en el 52 crearon la conciencia de que la lucha era clandestina.  En la agenda de Leonardo Luis Pineda, Secretario General de Acción Democrática en la clandestinidad, aparecían las sumas de dinero que le enviaban desde el exterior los exiliados.
 
-No hay en la oposición una incapacidad política para unirse en torno a determinados objetivos?
 
-El  gran éxito del chavismo fue hacerle sentir al mundo y a los mismos venezolanos que en Venezuela había una democracia. Por lo tanto, a pesar de las advertencias de muchos, nunca se  construyó lo que era indispensable: un aparato de lucha clandestino. Entonces el emigrante de AD y del Partido Comunista, que estaban en  Costa Rica, Nueva York o en Chile, era un activista político que además tenía el apoyo  de organizaciones democráticas que operaban en esos países. Pero la emigración nuestra se fue dando sola. Un día botaron al presidente de la CTV,  al día siguiente a un ex gobernador del Zulia, luego a un golpista inocuo como Pedro Carmona. Ninguno se fue como parte de un aparato político que debía operar desde el exterior con su aparato clandestino activado en Venezuela.
 
-Sin embargo, el gobierno acusa a la oposición de estar en permanente conspiración.
 
-En eso se diluyó y se sigue diluyendo el esfuerzo político porque  no está claro  en qué terrenos iremos a la contienda, agotadas como están las cuatro vías.
 
-¿Cuáles son las cuatro vías?
 
-La vía electoral, la vía de la insurrección, la vía del golpe y la de la guerra civil. De manera que tenemos una actividad política desconcertante y confusa al contrario de aquella, contra la dictadura de Pérez Jiménez, que estaba claramente definida.
 
-¿Quiere decir eso de que cualquier cambio político no depende de los venezolanos que están afuera, ni de los que permanecen adentro?
 
 -Hasta el momento no porque los que ha hecho difícil salir del régimen es que cada vez que la fuerzas democráticas creen que alguna salida es posible el régimen la hace imposible. Ir a elecciones y hacer vida política era correcto, pero el día en que se desconoce el parlamento se acaba el juego democrático. No obstante las fuerzas opositoras no lo advierten y siguen actuando como si estuviéramos en democracia. Es decir,  dejándose encarcelar, torturar, exiliar sin tener a la mano ningún mecanismo un mecanismo de resistencia. Lo mismo pasa con los militares. Creen que pueden dar el golpe y terminan en prisión.
 
-¿Crees, entonces, que un golpe de estado es factible y debe ser apoyado?
 
-Considero que toda alternativa, en este momento, debe ser apoyada. Soy un demócrata convencido, siempre busqué la vía electoral, pero una vez que el Estado captura la voluntad popular (desconocimiento del parlamento) ya  no hay democracia. Por lo tanto estoy contra de los golpistas que atentan contra el gobierno democrático. Pero cuando un gobierno ya no es democrático cabe cualquier vía, la guerra civil, la insurrección militar e incluso la injerencia extranjera. Pero ojo, estoy hablando del modelo tipo Wolfang Larrazábal. Es decir un golpe que de inmediato convoca a una junta cívico-militar y a su vez llama a elecciones.
 
-Hablas de injerencia exterior. ¿Estarías de acuerdo con una intervención de los Estados Unidos?
 
-Estoy absolutamente en contra. Las intervenciones norteamericana, no solo las del siglo XX en América Latina, sino también las del XXI en Irak y Afganistán, dejan destrozados a los países. Cuando hablo de intervención extranjera no me refiero a las fuerzas de ocupación a lo Panamá o a lo dominicano o al golpe de Pinochet contra Allende en Chile. Estoy hablando de alianzas internacionales, tipo cascos azules, tipo gobiernos  vecinos que puedan intervenir para garantizar la ayuda humanitaria. Pero la intervención de los marines me parece una  terrible involución.
 
-Hablas de la intervención de los países vecinos y cercanos que sienten el impacto de la migración desordenada y masiva de los venezolanos que huyen de su país.
 
 -Los cálculos señalan, si Maduro sigue en el poder, que para marzo-abril debe haber dos millones  y medio de venezolanos en Colombia. Pero a esto se agrega que Venezuela es  el aliviadero del ELN y de la disidencia de las FARC, que no se va a plegar al proceso de paz. Luego está la lucha contra el narcotráfico, que cada día  se hace más difícil porque Venezuela se ha convertido en el puente para llevar la cocaína a los mercados de Estados Unidos y Europa. Finalmente  aparecen las crecientes economías ilícitas l como el tráfico de gasolina, de armas, de personas y ahora de oro. Esto quiere decir que Venezuela no solo constituye un grave problema  migratorio sino que también enfrenta una serie de ilícitos que amenazan la seguridad de Colombia. Por eso la variable “intervención extranjera” debe ser movida de manera muy inteligente por el liderazgo colombiano. Para Colombia no es un problema ideológico que  el vecino esté violando los derechos humanos. Su problema es impedir  que la catástrofe se convierta en una amenaza que mine la democracia colombiana. Por lo tanto, allí hay una variable muy interesante, incluyendo las operaciones militares gestionadas desde Colombia.