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360 Habitantes > martes, 27 de noviembre de 2018
Sobre las Palenqueras de Cartagena de Indias por Valentina Ramírez Zapata
 
 
 
Cartagena es una ciudad que duele, tal vez por eso no iba hace más de 9 años.
 
Siento que es una ciudad que ha olvidado su esencia, y por olvidar me refiero a sus mandatarios, a esos políticos que no queremos elegir pero que el abstencionismo termina por premiar.
 
Al interior de la Ciudad Amurallada se respira una especie de hipocresía que es neutralizada al recordar la historia y ver a las Palenqueras, esas mujeres preciosas que preservan lo que queda de la cultura de los primeros hombres que lucharon por la libertad.
Tal vez no todo esté perdido. Siempre queda algo de esperanza en el ser humano y en la sociedad, es necesario abrir los ojos para entender lo que nos rodea y frenar la ceguera colectiva.
¿Cómo visibilizar la cultura, cómo cambiar la mentalidad y el pensamiento, cómo mostrarle a esos que vienen a Cartagena por la prostitución INFANTIL que detrás de cada cuerpo que ven como un objeto hay sueños, hay esperanzas, hay temor? Mostrar que somos iguales a pesar de la apariencia, que el color no es otra cosa que un regalo que Dios nos dio para apreciar la diversidad, que los acentos son la mejor forma de divertirse y concentrarnos en los demás.
 
Eso lo entendió Manuela Echeverri, fundadora de Transhuella, con eso nos enamoró a Evaristo y a mi, y de eso se han enamorado miles de personas. Por eso trabajamos todos los días, para mostrarle al mundo que las diferencias son los lazos que fortalecen nuestra sociedad.
 
Corrimos a una reunión en el hotel emblemático de Cartagena, Sofitel Legend Santa Clara para definir la exposición de la serie Palenque en diciembre de 2018 y enero de 2019, en un convento construido en 1621 que luego sería utilizado como hospital de caridad.
 Llegamos sudando como si terminásemos una maratón; la humedad de Cartagena es parte de ese sello que encanta, aunque nos quejemos.
 Nos recibió una mujer cálida con un abrazo en medio del calor… Manuela soñando con ver sus obras en las paredes de este lugar histórico, obras en las que dio un color único a las Palenqueras, capaz como pocos de demostrar lo que al día siguiente yo sentiría, una alegría que no conoce de límites, que no se amilana ante las peores atrocidades del ser humano.
¿Por qué exponer en este lugar?
Si no es ahí en el lugar al que llegan los extranjeros, entonces, ¿dónde mostrar lo que hay detrás de cada sonrisa, de cada dulce que venden las palenqueras, detrás de cada crespo rebelde de las niñas?
 
Llegamos al lugar en el que estaban las protagonistas de la serie Palenque, que con su sonrisa cambiaron el sentido de nuestras vidas para siempre.
 
¿Cómo escucharlas, cómo ganarnos su confianza, cómo lograr que abran su corazón para entender lo que hay detrás de lo que llamamos Palenqueras?
 
Recuerdo hace años leyendo a Isabel Allende en su libro La Isla Bajo el Mar, donde cuenta que las trenzas eran mapas que indicaban el camino a los palenques, a los puntos de encuentro de los cimarrones en las montañas, sus fortalezas; relataba los caminos sin compasión que debían recorrer, la muerte de muchos buscando la libertad.
 
Los palenqueros son el recuerdo de la fortaleza de los esclavos que crearon los Palenques, “fortalezas donde pudieron mantener sus costumbres, tradiciones y ser libres”
Nuestra obra, la obra de Manuela Echeverri, es una humilde representación de lo que significan sus sonrisas, de su alegría inquebrantable a pesar de las dificultades.
 
El color y su explosión son el sentimiento de alegría de estar con ellos, la esperanza que transmiten, la esperanza y la vida que le dan a la vida.
Llegué con temor de invadir su privacidad, no saber cómo hablarles y conocer su historia, lo que hay detrás de cada crespo, trenza y sonrisa.
 
Mi trenza, aprendida a hacer porque mi mamá no sabía peinarme, les llamó la atención y a mi aún más, mi pelo corriente no puede competir contra el suyo lleno de personalidad.
Surgió lo que Manu busca con su obra, reconocernos en el otro.
Somos tan iguales que sería imposible creerlo. Mi pelo las deslumbró porque el de ellas se había caído. De inmediato Rosi le dijo en ese acento costeño que por un momento confundí con una lengua diferente -e incluso les pregunté si hablaban palenquero u otra lengua- “se te cayó por no hacer caso, el mar te lo pudrió”.
¿No era acaso lo mismo que sus madres, tías, abuelas o primas, les decían al salir del mar o la piscina?
 
Somos iguales, sentimos igual, queremos lo mismo: ser felices.
 
Sólo que ellos lo son siempre, ellos ven en lo pequeño la felicidad mientras nosotros queremos cada vez más.
 
Una tapa es suficiente para jugar y una calle suficiente para ser el más grande salón de juegos, y las fichas para jugar son las tapas que encuentran enterradas.
 
Sus sueños no son diferentes de los míos, ayudar a los demás. Veterinaria, actriz, ingeniera, cirujana; ¿para qué? para ayudar, una dice que abogada para sacarlos de la cárcel… porque su tío está en la cárcel por venta de drogas.
 
La cultura no es una paila con frutas en la cabeza o un vestido colorido, ni siquiera su cántico; de ser así ninguno de los protagonistas de nuestra serie sería palenquero.
 
La cultura es la herencia, son los rasgos, lo intangible a nuestra ceguera y que sólo podemos ver cuando decidimos abrir el corazón.
 
La cultura palenquera es la fortaleza que han heredado para sonreír en los momentos difíciles, es su capacidad de perdonar a quien los violentó, es la fuerza diaria para trabajar bajo un sol inclemente, es la característica única de recibir a quien esté buscando la libertad, escapando de gobiernos corruptos que no entendieron su razón de ser.
 
Estas niñas y estos niños, estas mujeres y estos hombres, son palenqueros que con orgullo llevan en sus venas la sangre de cimarrones que sobreviven mientras otros sobrevivimos.