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360 Habitantes > martes, 23 de octubre de 2018
¿Intelectualoides o trabajadores del pensamiento? Pregunta Néstor Francia
 
 
 
Estoy de acuerdo con José Manuel Rodríguez en la defensa que hace de los trabajadores del pensamiento en su artículo “Los intelectualoides” (portal CostadelSolfm.net, 22/10/2018). El desprecio por el trabajo intelectual es anti histórico y revela supina desinformación. Quien lo ejerce está obligado a revisar sus archivos de conocimiento y cultura, que solo los tiene gracias, entre otros aportes,  al trabajo de muchos intelectuales a lo largo de la Historia (cuyo conocimiento, a su vez, debe ser agradecido igualmente y en buena parte, a trabajadores del pensamiento como historiadores, literatos, sociólogos, antropólogos, etc.)
Ahora bien, me parece que ese desprecio, cuando proviene de altos funcionarios del Estado, más bien refleja la piel sensible a las críticas que estos suelen padecer. Como el trabajador del pensamiento está obligado a ser crítico (so peligro de ser mediocre si no ejerce este inobjetable deber), se convierte en una piedra en el zapato de quienes, necesitando  mayores dosis de humildad, detentan poder.
Yo entiendo que a la gente le gusta el aplauso y el reconocimiento, a fin de cuentas somos humanos (nunca lo olvidemos, nadie es un semidios) y como tales necesitamos el reconocimiento social, queremos que se nos elogie el trabajo que hacemos y que por ello nos aprueben y nos amen, no tengo nada contra eso, son cosas de humanos, como he dicho. Pero cuando ese afán termina por menospreciar el trabajo de otros, no podemos sino ponernos alertas y actuar en defensa de lo que hacemos, eso también es humano.
El trabajador del pensamiento es un activo custodio del tesoro cultural de la Humanidad. No es el único sin duda, porque su labor no podría perdurar sin el aporte de tantos trabajadores manuales que hacen posible, igualmente, que ese tesoro perdure y se transmita de generación en generación. Para reconocer el valor indudable de los trabajadores manuales no se precisa menospreciar a los trabajadores del pensamiento.
Por supuesto, los trabajadores manuales también son inteligentes y hacen aportes intelectuales a la sociedad. De hecho, muchos trabajadores manuales son más sabios que algunos que se precian de sabihondos intelectuales y privilegiados de la inteligencia y el conocimiento. Pero cuando hablo de “trabajador del pensamiento” me refiero a un trabajo calificado, como lo es el del albañil, el plomero o el carpintero. El insumo principal de este trabajador calificado son las ideas. Se nutre del estudio y la historia de las ideas a lo largo del devenir humano y con base en ellos se especializa en el análisis ideológico, político, sociológico, histórico.
Quienes  nos gobiernan deben entender, precisamente, que son tan humanos como cualquiera de nosotros, tienen tanto derecho a equivocarse como cualquier otro ¿o no? ¿Son  acaso perfectos, infalibles? ¿O erráticos como yo, habitados tanto por ángeles como por demonios? Tal como reza el dicho, errar es de humanos y rectificar es de sabios.
Es notable que unos cuantos líderes revolucionarios han sido grandes trabajadores del pensamiento y han dejado profusa obra escrita y crítica, como Marx, Engels, Lenin y Mao. Bolívar no hubiera sido Bolívar si no hubiese abrevado del pensamiento de los grandes intelectuales que animaron la Revolución Francesa, como Diderot, Rousseau, Montesquieu y otros. Y si no hubiese tenido como maestros a relevantes trabajadores del pensamiento como Andrés Bello y Simón Rodríguez.
Finalmente, quiero dejar en claro que si alguien quiere trabajadores del pensamiento sumisos, “yes-men” que digan sí a todo, y solo tengan aprobación y aplausos para el poder político, conmigo que no cuente. Yo debo ser fiel a la herencia rebelde de esos intelectuales que acabo de mencionar.