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360 Habitantes > viernes, 06 de julio de 2018
Ayer tarde, en Cesta República por Sebastián de la Nuez
 
 
 
Ayer tarde en Cesta República estuvieron César Miguel Rondón y Leonardo Padrón malandreando, improvisando con sus voces de buenos locutores y malos cantantes algún son montuno, conversando de la reedición del legendario El libro de la salsa que primero, al comienzo de los 80, sacó la editorial de Empresas 1BC, luego aumentó de peso y de precio con otra editorial y finalmente, hoy, en España, en formato más manejable, con nuevas fotografías, corregido y ligeramente aumentado —porque era necesario hacer acotaciones a la historia que ha sobrevenido después—, saca a la luz Editorial Turner, garantizando su distribución en este mercado. César Miguel, por cierto, sabe contar historias. Y en esta se involucró desde sus 23 años cuando estaba en Nueva York acompañando a su esposa de entonces, quien se había ganado una beca Ayacucho (este es el párrafo para apuntar «ah, eran otros tiempos…», pero no. Son los mismos tiempos, o semejantes: tiempos en que los venezolanos con talento ven una veta, una brecha, una laguna, y por ahí se meten para hacer algo que ha permanecido invisible para otros, porque no son capaces de verla, la oportunidad, o no tienen las herramientas para ello; como aquellos argentinos enquistados en 1BC a los que aludió César Miguel en su conversación con Padrón, su compadre, ayer tarde en Cesta República).
 
El padre del cronista de la salsa, César Rondón Lovera, fue diplomático venezolano, embajador en Cuba por varios años. Sería un lugar común salir con que su hijo es también un embajador, a su modo. No. No es ningún embajador. Es un periodista, un periodista que siempre ha amado la salsa, el rock y el jazz… y la música barroca, por lo que explicó ayer. Sin embargo, a estas alturas se sabe y se comenta que él y su mujer, Flor Alicia Anzola, representan —junto a otros venezolanos que ahora andan de un país a otro, de un continente a otro— una Venezuela posible, amable y democrática. Un país mejor. El que ojalá esté por alumbrarse.
 
La invitación de Cesta República decía «entrada libre hasta completar el aforo». La próxima vez, en un evento similar, deberían poner «entrada libre hasta completar la calle Válgame Dios».
 

 
En la foto bajo estas líneas aparecen, junto al escritor y guionista Leonardo Padrón: en el centro: Orlando Montiel, un factor clave en la producción de eventos musicales y en el desarrollo de la industria discográfica en Venezuela durante los años 80 y 90. A su derecha, el arquitecto Guillermo Barrios, cerebro de las tardes de Cesta República.