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360 Habitantes > martes, 19 de junio de 2018
La Rusia que García Márquez conoció recuerdo de El Espectador
 
 
 
En un banco de Moscú me llamó la atención que los empleados, en vez de atender a la clientela, parecían extasiados en contar las bolitas de colores de un bastidor. Más tarde había de ver empeñados en la misma tarea a los administradores de los restaurantes, a los funcionarios de las oficinas públicas, a los cajeros de los almacenes y aún a los encargados de vender las entradas en los cines. Había tomado nota de ese detalle, dispuesto a averiguar el nombre, el origen y las características del que creía era el juego más popular de Moscú, cuando el administrador del hotel donde vivíamos nos hizo la aclaración: aquellas bolitas de colores, iguales a los ábacos que se usan en las escuelas para que los niños aprendan a contar, son las calculadoras de que se sirven los soviéticos. Esa comprobación era más sorprendente, cuanto que en unos folletos oficiales que se repartían en el festival se decía que la Unión Soviética tiene 17 modalidades distintas de calculadoras electrónicas. Las tienen, pero no las producen en escala industrial. Aquella explicación había de abrirme los ojos en relación con los dramáticos contrastes de un país donde los trabajadores viven amontonados en un cuarto y sólo tienen derecho a comprar dos vestidos al año, mientras engordan con la satisfacción de saber que un proyectil soviético ha llegado a la Luna.
 
La explicación parece radicar en que la Unión Soviética, en 40 años de revolución, decidió dedicar todos sus esfuerzos, toda su potencia de trabajo, al desarrollo de la industria pesada, sin prestar mayor atención a los artículos de consumo. Así se entiende que hayan sido los primeros en lanzar al comercio de la navegación aérea internacional el avión más grande del mundo, mientras la población tiene problemas de zapatos. Los soviéticos, que se esforzaban por hacernos entender estas cosas, hacían un énfasis especial en el hecho de que aquel programa de industrialización en grande escala había sufrido un accidente colosal: la guerra. Cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética, el proceso de industrialización estaba llegando a su punto culminante en Ucrania. Por allí entraron los nazis. Mientras los soldados se encargaban de frenar la invasión, la población civil, en una de las grandes movilizaciones de la historia, desarmó pieza por pieza el sistema industrial de Ucrania. Fábricas enteras fueron transportadas a Siberia, el gran traspatio del mundo, donde se les reconstruyó apresuradamente y se les puso a producir a marchas forzadas. Los soviéticos piensan que aquella mudanza espectacular retrasó en 20 años la industrialización.
 
No cabe duda de que el esfuerzo nacional exigido por esta enorme aventura del género humano tuvo que pagarlo una sola generación, primero en las jornadas revolucionarias, después en la guerra y, por último, en la reconstrucción. Es ese uno de los cargos más duros que se hacen contra Stalin, a quien se le considera como un gobernante despiadado, sin sensibilidad humana, que sacrificó una generación entera en la construcción apresurada del socialismo. Para impedir que la propaganda occidental llegara a los oídos de sus compatriotas, cerró por dentro las puertas del país, forzó el proceso y logró un salto histórico que tal vez no tenga precedentes. Las nuevas generaciones, que indudablemente empiezan a madurarse con un sentimiento de revuelta, pueden ahora darse el lujo de protestar de sus zapatos. El férreo aislamiento en que Stalin tuvo a la nación, es la causa más frecuente de que los soviéticos, sin saberlo, hagan el ridículo frente a los occidentales. En nuestra visita a una granja colectiva tuvimos ocasión de pasar un amargo rato, por cuenta del orgullo nacional soviético. Nos transportaron por una carretera trepidante, a través de aldeas embanderadas cuyos niños salían cantando al paso del autobús y nos lanzaban por la ventanilla tarjetas postales con sus direcciones escritas en todos los idiomas occidentales. A 120 kilómetros de Moscú estaba la granja colectiva, un enorme feudo del Estado, rodeado de aldeas tristes de calles embarradas y casitas de vivos colores. El administrador de la granja, una especie de señor feudal socializado, completamente calvo y con un ojo sin luz tapado con un parche, como los piratas de las películas, nos habló durante dos horas de la producción masiva de las tierras. El intérprete se limitó, casi exclusivamente, a traducirnos cifras astronómicas. Después de un almuerzo al aire libre, en el que un coro escolar nos roció los alimentos con canciones antiguas, nos llevaron a conocer las instalaciones de ordeño automático. Una mujer muy gorda, excesivamente saludable, parecía preparada para mostrarnos la ordeñadora hidráulica que se consideraba en la granja como el paso más avanzado en el proceso de tecnificación de la industria lechera. Era, ni más ni menos, un caucho de lavativa conectado a una cantina. En el extremo del caucho, un dispositivo de succión que funcionaba conectándolo de un lado al pezón de la vaca, y del otro lado al grifo. Bastaba con abrir el grifo para que la fuerza del agua realizara el oficio que en la Edad Media hacían los ordeñadores. Todo eso, naturalmente, en la teoría. En la práctica, aquel fue uno de los momentos más incómodos de nuestra visita. La saludable experta en ordeñadoras automáticas no logró asegurar el dispositivo al pezón, después de intentarlo durante un cuarto de hora y de haber cambiado por último a la vaca. Cuando por fin logró su propósito, todos estábamos dispuestos a aplaudir sin crueldad, sinceramente alegres de haber salido victoriosos del atolladero.
 
Un delegado norteamericano, con una cierta exageración, pero con bastante fundamento en el fondo, le contó al administrador de la granja que en Estados Unidos meten la vaca por un lado, y por el otro sale la leche pasteurizada, y hasta la mantequilla en latas. Muy cortésmente, el administrador manifestó su admiración, pero con una cara de no haberse tragado el cuento. Más tarde nos confesó que, en realidad, estaba convencido de que antes de la ordeñadora hidráulica de los soviéticos, el género humano no había concebido un sistema mecánico de extraer la leche de las vacas.
 
Un profesor de la Universidad de Moscú, que había estado varias veces en Francia, nos comentaba que, en general, los obreros soviéticos estaban convencidos de haber inventado muchas cosas que se encuentran en servicio desde hace muchos años en Occidente. El viejo chiste norteamericano de que los soviéticos se atribuyen la invención de las cosas más simples, desde el tenedor hasta el teléfono, tiene en realidad su explicación. Mientras la civilización occidental se abría paso a través del siglo XX, con los espectaculares progresos de la técnica, los soviéticos trataban de resolver solos sus problemas elementales, a puertas cerradas. Si alguna vez un turista occidental se encuentra en Moscú con un muchacho nervioso y despelucado que dice ser el inventor del refrigerador eléctrico, no debe tomarlo por un embustero o por un loco: muy probablemente es cierto que ese muchacho inventó el refrigerador eléctrico en su casa, mucho tiempo después de que era un artículo de uso corriente en Occidente.
 
La realidad de la Unión Soviética se comprende mejor cuando se descubre que el progreso se desarrolló en sentido contrario. La preocupación primordial de los gobernantes revolucionarios fue alimentar al pueblo. Hay que creer, con la misma buena fe con que hemos creído las cosas desfavorables, que en la Unión Soviética no hay hambre ni desempleo. Al contrario, es una especie de obsesión nacional la falta de mano de obra. La oficina de investigación del trabajo, recientemente creada, se encarga de establecer científicamente cuánto cuesta el trabajo de un hombre. En una rueda de prensa que tuvimos con los encargados de esa dependencia del Ministerio del Trabajo, se nos dijo que algunos gerentes de fábrica ganaban menos que ciertos obreros especializados, no sólo porque invertían una cantidad menor de fuerza de trabajo, sino porque requerían una menor responsabilidad. Pregunté por qué en la Unión Soviética las mujeres trabajan a pico y pala en las carreteras y ferrocarriles, hombro a hombro con sus hombres, y si eso estaba bien desde el punto de vista socialista. La respuesta fue terminante: las mujeres realizan trabajos fuertes, porque hay una dramática escasez de mano de obra, y el país está desde la guerra en una especie de situación de emergencia. El director de la dependencia fue enfático en que, por lo menos en el trabajo físico, había que reconocer una enorme diferencia entre el hombre y la mujer; dijo que de acuerdo con sus investigaciones, las mujeres ofrecen un mejor rendimiento en trabajos que requieren paciencia y atención, y aseguró que cada día hay menos mujeres trabajando a pico y pala en la Unión Soviética. Insistió muy seriamente en que una de las mayores preocupaciones de su oficina es resolver ese problema.
 
Así, mientras las mujeres trabajan en las carreteras, se desarrolló una alta industria que hizo de la Unión Soviética una de las dos grandes potencias del mundo en 40 años, pero se descuidó la producción de los artículos de consumo. Cuando los soviéticos revelaron que tenían armas termonucleares, quien hubiera visto las escuetas vitrinas de Moscú no habría podido creerlo. Pero había que creerlo justamente por eso: las armas termonucleares soviéticas, sus proyectiles espaciales, su agricultura mecanizada, sus fabulosas instalaciones de transformación y la posibilidad titánica de convertir los desiertos en campo de cultivo, son el resultado de 40 años de zapatos ordinarios, de vestidos mal cortados; casi medio siglo de la más férrea austeridad. El proceso de desarrollo al revés ha ocasionado algunos desequilibrios que hacen torcerse de risa a los americanos. Por ejemplo, el poderoso TU-104, considerado como una obra maestra de la ingeniería aeronáutica, al cual no se le concedió licencia para aterrizar en el aeródromo de Londres porque los psiquiatras ingleses conceptuaron que podría ocasionar trastornos psicológicos al vecindario, y que tiene servicio telefónico entre sus diferentes pisos, está sin embargo dotado de los más primitivos inodoros de cadenita. También, por ejemplo, un delegado sueco, que se había tratado de una eczema persistente, con los más notables especialistas de su país, aprovechó el viaje a Moscú para someter su caso al médico de turno más cercano a su delegación. El médico le formuló una pomada que le borró hasta el último vestigio de la eczema en cuatro días, pero el farmacéutico que se la despachó la sacó del tarro con el dedo y se la envolvió en un pedazo de periódico. En materia de higiene, tal vez el episodio extremo fue el que presenciamos de regreso de la granja colectiva, cuando nos detuvimos a tomar un refresco en un establecimiento al aire libre, en los suburbios de Moscú. El instinto nos llevó a los servicios sanitarios. Era una larga plataforma de madera, con media docena de huecos, sobre los cuales media docena de respetables ciudadanos hacían lo que debían hacer, acuclillados, conversando animadamente, en una colectivización de la fisiología no prevista en la doctrina.
 
La juventud que llegó al uso de la razón en un país donde las bases estaban echadas, se está rebelando contra los contrastes. En la universidad se llevan a cabo debates públicos y se plantea al gobierno la necesidad de que la Unión Soviética se incorpore al ritmo del confort occidental. Recientemente, las muchachas del Instituto de Lenguas de Moscú provocaron un escándalo, al salir a las calles vestidas a la moda de París, con cola de caballo y tacones altos. Algo había pasado: algún funcionario imprevisivo había autorizado al Instituto de Lenguas para recibir revistas occidentales, donde los aspirantes a intérpretes pudieran familiarizarse con el lenguaje diario y las costumbres de Occidente. La medida dio resultado. Pero las muchachas aprovecharon las revistas para cortarse sus propios trajes y modernizar su peinado. Al verlas en la calle, como en todas partes y en todos los tiempos, las gordas matronas soviéticas se llevaban las manos a la cabeza, escandalizadas, y exclamaban: “La juventud está perdida”. Pero mucho tiene que ver la sistemática presión de esa juventud en los cambios de la política soviética. Cuando murió en París el modisto Christian Dior, acababa de recibir propuestas del gobierno soviético para que lanzara sus colecciones en Moscú.
 
Mi última noche en la ciudad, habría de cerrarse precisamente con un episodio que refleja bastante el espíritu de esa juventud. En la avenida Gorki, un muchacho no mayor de 25 años me detuvo para preguntarme por mi nacionalidad. Estaba, según me dijo, preparando una tesis de grado sobre la poesía infantil universal. Quería datos de Colombia. Le hablé de Rafael Pombo, y él, con un rubor ofendido, me interrumpió: “Naturalmente, tengo todos los datos sobre Rafael Pombo”. En torno a una cerveza, recitó hasta la medianoche, con un fuerte acento pero con una fluidez admirable, una antología de la poesía infantil latinoamericana.
 
Dos días después Moscú había vuelto a su vida normal. Las mismas multitudes densas, las mismas vitrinas polvorientas y la misma cola de dos kilómetros frente al Mausoleo de la Plaza Roja, pasaron como una visión de otra época por la ventanilla del bus que nos condujo a la estación. En la frontera, un intérprete voluminoso que parecía hermano gemelo de Charles Laughton subió trabajosamente al vagón. “Vengo a ofrecerles excusas”, nos dijo. “¿Por qué?”, le preguntamos. “Porque nadie ha venido a traerles flores”, respondió. Casi al borde de las lágrimas, nos explicó que era el encargado de organizar las despedidas de los delegados en la frontera. Esa mañana, creyendo que ya habían pasado todos, ordenó por teléfono que no se mandaran más flores a la estación y dispuso que los niños que salían a cantar himnos al paso de los trenes regresaran a la escuela.